HABLEMOS DE LECTURAS

El día que murió Alfonso y nació un lector adulto





Por: Daniel Samper Pizano

 

Veinticuatro de diciembre de 1956. Esa madrugada murió Alfonso, un amigo lejano de mis taitas, y cambió mi vida. Nunca llegué a conocer a Alfonso cuandovivía –repito que era apenas un amigo lejano de mi casa– y, por supuesto, mi mamá no permitió que lo viera cuando ya había muerto: esta clase de espectáculos funerales son poco apropiados para niños de once años. Alfonso era solterón y había fallecido de infarto cuando su familia se hallaba de vacaciones en Santa Marta. Al saberlo, por una llamada de larga distancia de la vieja criada que atendía al difunto, el sobrino de Alfonso llamó a papá y le pidió que se ocupara del muerto mientras ellos regresaban en el avión de la tarde. Fue así como mi taita tuvo que conseguir el médico que certificara el infarto, contratar la funeraria y arreglar la casa para el velorio, que en esa época se realizaba, muy solemne y muy tétrico, en la sala de la residencia del finado. Para esta última etapa, papá pidió a mamá que le ayudara. Había que conseguir flores, disponer asientos, comprar café para los tintos, quitar el polvo de los muebles viejos, cambiar manteles: todo tenía que estar perfecto para el momento en que regresaran los familiares de Alfonso dispuestos a llorarlo mientras el cielo se llenaba de luces dichosas y en las casas vecinas cantaban “Ven a nuestras almas, ven no tardes tanto”. Cuando la requirió mi taita para poner un poco de orden en la casa oscura, donde poca gente entraba, mamá andaba haciendo las últimas compras navideñas y yo estaba con ella. No tuvo más remedio que acudir conmigo a la tenebrosa cita. Pero, eso sí, me indicó que permaneciera en el carro –un flamante Henry J del 53– y que, para entretenerme, leyera un libro que había dejado en la guantera.

Se titulaba El pequeño mundo de Don Camilo , estaba firmado por un tal Giovanni Guareschi y si no hubiera sido porque en la portada aparecía el simpático dibujito de un ángel enfrentado a un demonio, tal vez ni siquiera me habría tomado el trabajo de abrirlo. Pero lo abrí. Y ese fue el libro que cambió mi vida. El primer capítulo se titulaba “Pecado confesado” y empezaba así: “Don Camilo era de aquellos hombres que no tienen pelos en la lengua”. Con los años, esta frase se me grabó en la cabeza, junto al comienzo de Cien años de soledad, Rayuela, La Vorágine, Pedro Páramo y varias otras. Leí con fascinación aquel primer capítulo, cuyos protagonistas eran un párroco de pueblo, el alcalde y un cristo que le hablaba al cura desde su alto sitio en la pared del templo. Después leí el segundo, “El bautizo”, y cuando regresó mamá, al cabo de una hora o algo así, yo seguía embebido en la lectura de las aventuras de estos dos personajes y sus amigos. El tiempo se me había pasado sin darme cuenta y le pedí a mamá que me regalara de Navidad el libro que tenía en las manos.

Digo que El pequeño mundo de Don Camilo me cambió la vida, porque hasta entonces yo había limitado mi lectura a los textos del colegio, una variedad de cómics, los versos de don Rafael Pombo y otras páginas específicamente aconsejadas para niños. Era ya un buen lector, pero mis provisiones permanecían dentro de los confines de las llamadas lecturas infantiles: Corazón , Julio Verne, Emilio Salgari, los libros de Tarzán, otros de un émulo amazónico suyo llamado Bomba y, en general, casi todos los títulos de la Colección Juvenil Cadete. También formaban parte de mi cajón de libros unos cuadernillos de ciencia que llevaban el conspicuo sello de “Biblioteca de Daniel Samper Ortega”. Al recibirlos de mano de mi abuela, supe vagamente que ella quiso rescatarlos para su nieto mayor cuando los veinte mil volúmenes que había atesorado mi abuelo durante su corta vida cumplieron el mejor destino de poblar bibliotecas públicas. Los cuadernillos estaban escritos en inglés, pero aún recuerdo los dibujos de los caracoles, los animales, las plantas y los fenómenos naturales: rayos, truenos, mares embravecidos, volcanes y terremotos.

Mencioné los cómics, y quiero revindicarlos con mayor detenimiento. Mis favoritos eran el pato Donald y su avícola familia, Búfalo Bill, La pequeña Lulú , Supermán y un jinete enmascarado cuyo nombre se me escapa a galope tendido. Ellos no solo me hicieron pasar ratos deliciosos y extraviarme en universos de fantasía, sino que recuerdo haber visto allí, por primera vez, la imagen de don Quijote y el nombre de Shakespeare. No me pregunten cómo ni por qué. Me parece creer que eran parte de unas historietas de clásicos para chicos, o algo así.

El caso es que, cuando yo tenía once años, el mundo de las letras era para mí un terreno acotado por vallas firmes y seguras. Es decir, por títulos que padres y maestros reconocían como aptos para la niñez. Don Camilo fue mi primer libro para mayores, el pasaporte hacia un mundo distinto y libre. A lo largo del siguiente medio siglo he releído con frecuencia muchos de sus capítulos, e incluso escribí alguna vez, en llave con el lamentado Bernardo Romero Pereira, una comedia en la que adaptamos los personajes y situaciones de Guareschi a la Colombia de los años cincuenta. La serie salió al aire durante más de un año y al final la mató el sereno, porque le asignaron un horario cercano a la hora de los vampiros. Me sobraron tiempo y ganas, además, para visitar dos o tres veces el pueblo donde moró el novelista –Roncole Verdi, muy cerca del crucigramático río Po, en la Emilia Romagna– y recibir el afecto de los hijos de un humorista que vivió bajo el signo del 8: nació en 1908 en Fontanelle di Roccabianca, publicó el primer tomo de Don Camilo en 1948 y murió en 1968.

Sobra decir que aquel 24 de diciembre, cuando leí por primera vez a Gureschi mientras mi taita amortajaba a Alfonso y mamá hacía florecer la sala del velorio, yo no estaba en edad ni capacidad de entender la lectura política de Don Camilo . Ignoraba lo que era un reaccionario, solo había oído decir malas cosas de los comunistas, quizás apenas sabía de Stalin que tenía bigote porque había visto su foto en el periódico, jamás me había tropezado con la palabra marxismo y ni les cuento la cortina blanca que dejaba en mi cabeza la expresión “revolución proletaria”. Mucho menos podía captar que la obra de Guareschi era un magistral fresco humorístico sobre la posguerra y un ingenioso microcosmos de la Guerra Fría. Me enamoré, simplemente, de los personajes, de sus historias humanas, de sus contradicciones, de las relaciones de familia y las enemistades de vecinos, de la atmósfera rural de unos seres encerrados dentro de una aldea que podía parecerse, sin demasiada dificultad, a la Fusagasugá de mis vacaciones infantiles. Todo lo que no necesitaba saber aquella mañana navideña sobre el contexto sociopolítico de Don Camilo lo aprendí después y logré entonces una lectura enriquecida de la obra de Guareschi.

Cuando mamá regresó al Henry J, después de arreglar el último viaje del solitario Alfonso, me preguntó si me había aburrido mucho.

—Al contrario –le contesté–. Me parece buenísimo el libro de Don Camilo .

—Menos mal –suspiró ella–. Todo el tiempo estuve pensando que este es un libro que solo entienden los adultos.

Ella no lo supo en ese momento, pero fue el mejor comentario que podía haber hecho. Porque, después de haber leído los primeros capítulos de Don Camilo , empecé a sentirme, por primera vez, un lector adulto.

 

 

 

Daniel Samper Pizano
Periodista y escritor colombiano (Bogotá, 1945), doctor en derecho de la Universidad Javeriana, con maestría en periodismo de la Universidad de Kansas y Nieman Fellow de la Universidad de Harvard, es m iembro de la Academia Colombiana de la Lengua. Ha desarrollado buena parte de su carrera como periodista con El Tiempo, donde ha sido desde redactor hasta editor y columnista, también fue subdirector de El Pueblo (Cali) y editor de Cambio16 (España), además de colaborar permanentemente con prestigiosos diarios y revistas del mundo. También ha profesor de periodismo, conferencista en varias universidades de Colombia y España y participado como expositor en seminarios en casi todos los países suramericanos, Estados Unidos, España, Francia e Italia.

Ha recibido los premios Simón Bolívar de Periodismo (Colombia) en tres ocasiones, Rey de España (España) y Maria Moors Cabot (University of Columbia).

Ha publicado numerosos libros, la mayoría recopilaciones de notas de humor, además de ensayos literarios, antologías de periodismo, traducciones y una novela ( Impávido coloso, 2003).