ENTREVISTA

Thomas David:
contar antes que enseñar





Por: Claudia Rodríguez

 

Thomas DavidAutor de varias biografías de grandes pintores, Thomas David habla sobre su oficio, sus libros y los alcances de éstos en entrevista con Claudia Rodríguez.

Hemos visto que las biografías de la colección Lóguez Joven Arte giran en torno a un cuadro y que, a diferencia de otros autores, usted le imprime un carácter particular a cada una: en El festín del rey Baltasar hay un relato de misterio, en El puente de Arles, una invitación a mirar los personajes que lo rodean e imaginar cuál es su vida, para llegar poco a poco a Van Gogh; en Los potros azules un derroche de palabras sobre el color y la fuerza vital abre el telón para entrar al mundo místico de Franz Marc… Además, vemos con agradable sorpresa que al reconstruir la vida y obra de los artistas, usted guarda un equilibrio esencial entre lo anodino y lo profundo. Cuéntenos qué proceso sigue para escribir las biografías.

El proceso de escritura de estos libros construidos alrededor de una sola pintura ha sido siempre el mismo. Comenzó cuando miré detenidamente cada cuadro hasta perder tantos de mis prejuicios como me fue posible. Creo que esto me ayudó a restablecer o crear la ilusión de una visión original o naive que yo quería que fuera parte de cada libro. Luego comencé a leer todo lo que pude sobre la pintura, los pintores y sus tiempos. Empezaba a escribir un libro cuando, de una forma u otra, podía moverme dentro de la pintura. Tenía que encontrar una forma particular para hacer que todos mis libros fueran diferentes y que no fueran formales. Generalmente me parecía que la misma pintura sugería su tratamiento individual. El cuadro de Baltasar pintado por Rembrandt es un poco efectista y está lleno de misterio y autoridad bíblica. El “Puente de Arles” no sólo implica cruzar un río sino también unir lo que está separado, así que sentí la libertad de romper esquemas y unir los extremos narrativos de lo que yo había escrito cuando así lo quisiera: esto también parecía reflejar el camino zigzagueante de la vida de Van Gogh y, sin embargo, me permitió hacer de Arles el principal escenario para mi libro. Los “Potros azules” necesitaban ser montados con el color y con el uso comparativamente audaz del lenguaje expresionista. El libro más difícil de escribir fue el de Mona Lisa, porque la mujer del cuadro está sentada y yo quería que se moviera a toda costa.

Al leer sus obras sentimos que usted ama al pintor del que habla, sin perder de vista a su lector. En la cautela con que se expresa sobre cada artista, en la modestia con que habla de su poética, en las observaciones sobre el contexto histórico, usted maneja un tono literario, sensitivo –el de quien cuenta una buena historia de ficción– que a la vez es pedagógico. Uno siente que usted mide cada apreciación, cada palabra para no perderse en especulaciones estéticas y, sobre todo, para no desvirtuar ese misterio que siempre rodea a los artistas y a su arte. Gracias a estos elementos, el lector no iniciado descubre que el asunto del arte es la vida, aunque se tengan 11 o 16 años, pero que también es un asunto de pensamiento.

¿De dónde salen ese tono y las comparaciones con las experiencias de los jóvenes? ¿Qué lecturas y experiencias preceden cada una de sus biografías?

Bien sea que oigas hablar de arte en el colegio o que más tarde estudies historia del arte o tomes clases en una institución no universitaria, generalmente ves que el arte y su estética son una materia que se enseña. Te enseñan historia del arte del mismo modo que la historia, la política o la filosofía y después a muchas personas les parece prácticamente imposible liberar su pensamiento y su discurso sobre el arte de un lenguaje que es formalmente científico y didáctico. He sentido cierta inhibición o temor respecto a la idea de establecer contacto con la historia del arte, sobre todo pensando en los jóvenes, quienes a menudo la asocian con algo que la academia espera que sepan pero en cuya enseñanza sus profesores fracasaron porque no pudieron inyectarle vida. He deseado que mis libros fueran lo menos didácticos posible y he querido que fueran narrativos antes que libros de texto. He intentado contar antes que enseñar. Y, por lo tanto, el problema que me he planteado frente a cada uno de mis libros era de lenguaje, tono y estructura narrativa, más bien que de contenido sobre historia del arte. Si bien no todos los niños parecen estar interesados en ver una pintura de Rembrandt, a todos parece atraerles escuchar historias, y yo necesitaba mantener su interés, sin tener que inventar el tema. Me esforcé bastante en ser históricamente correcto, en estar actualizado en materia de teoría y conocimientos, pero también traté de encontrar lo que llamaría “puntos ciegos” en cada una de las pinturas: ¿quiénes son las mujeres que aparecen en el “Puente de Arles”?, ¿qué harán momentos después?, ¿adónde habrá ido el actor que representó a Baltasar cuando Rembrandt terminó de pintarlo? Preguntas simples como ésta representaron una liberación muy bien recibida y, aunque parecen volver ficción aquello que se supone es documental, uno podría responderlas con sinceridad. Un escritor cuya obra puede haber influido de una forma o de otra para que yo haya escrito estos libros es Peter Ackroyd, un escritor inglés de biografías y de novelas. Su obra parece mostrar que el interés que tienen un escritor de ficción y otro de obras documentales es básicamente el mismo: escribir una narrativa interesante de leer. “Toda escritura”, dice Ackroyd en alguna parte, “es una escritura imaginaria”.

Como historiador del arte, ¿qué bondades tiene la biografía para acercar a los jóvenes al arte, a diferencia de los libros que resaltan detalles de las obras y proponen actividades a los lectores?

Creo que la biografía puede mostrar la dimensión humana del arte antes que excluirla y mostrarlo sólo como objeto. No puedo ver una pintura, una novela, una pieza musical reducida a sí misma, sin pensar que lo que hace que una pintura –o cualquier otra obra– nos parezca maravillosa se debe a una especie de energía que surgió durante su proceso de realización. Que esto sea consciente o inconsciente no importa; una obra de arte se nutre inevitablemente de ciertas experiencias del artista. En este sentido, podemos dibujar círculos cada vez más grandes: ver al artista como a un hombre o una mujer de su época, ver también su existencia social como el producto de su educación y de la política de su época. Me parece aburrido y errado no tratar de tener en cuenta todos estos factores cuando se mira una pintura. Por otra parte, es interesante sumarle una visión contemporánea a esta perspectiva histórica y pensar de qué forma nuestra época contribuye a cierta pintura. Con respecto a mis libros, creo que la perspectiva contemporánea reside en la narrativa que intenta recobrar el componente histórico, dándole vida a la época de Rembrandt y trayéndola a los tiempos que corren.

¿Cómo conjugar la educación visual de los niños y jóvenes para las artes con la alfabetización que ellos tienen sobre las imágenes en movimiento –t.v., cine, video clips, video juegos, dibujos animados– en la que nos llevan ventaja a los adultos? Es como enseñar a ver imágenes a quienes ya son muy adelantados en las imágenes en movimiento. Por ejemplo, ¿cómo volver cercano de los niños un artista tan lejano en el tiempo y en su iconografía como Rembrandt –atmósferas oscuras, trajes pesados, grandes bigotes…?

Los niños están acostumbrados a leer imágenes y pinturas, y creo que podemos utilizar esto en la educación visual del arte si logramos que se detengan un momento o les decimos que lean un libro que los haga detenerse y moverse al mismo tiempo. Si están interesados en leer un libro sobre pintura, están prolongando el momento de observarla. Aunque los niños tienen esta alfabetización visual, generalmente se aplica a imágenes en movimiento que, por supuesto, son más fáciles de consumir. La imagen en movimiento parece copiar la vida, mientras que la imagen inmóvil –bien sea una fotografía o una pintura– aparece casi como una abstracción mayor que aparentemente estimula menos el esfuerzo para descifrarla. Una vez se haya interesado en una pintura de una manera elemental, el niño tiene la oportunidad de estar preparado para mirar más de cerca, incluso si se trata de un Rembrandt, y no subestimará la atracción de una atmósfera oscura y misteriosa.

Hablemos de la formación de la sensibilidad en niños y jóvenes. Tanto padres como maestros hacen énfasis en el desarrollo de la capacidad creadora y poco en la apreciación del arte. En su opinión, ¿cuál es la contribución de los libros de arte a la formación del gusto estético de los más jóvenes?

Decir que todos los niños son creativos y que muchos adultos no lo son es una obviedad que, sin embargo, parece apuntar a algo que, creo, hace parte de nuestra fascinación por las artes visuales y por el arte en general. La lúdica de la creatividad de un niño, su audacia e ingenio, así como la libertad de su compromiso total con lo que juega, hace o crea es algo que creemos encontrar en la vida y obra de muchos artistas. En este sentido, una obra de arte puede considerarse como expresión de una capacidad creativa completamente desarrollada y madura y el comprenderla puede ayudarnos a reconocer, a entender y a redescubrir esa capacidad en nosotros. Para un niño es indudablemente más importante desarrollar su propia creatividad que saber sobre la de artistas como Picasso o Warhol. Sin embargo, y desde una edad temprana, los libros –ciertos libros– pueden contribuir a que los niños tomen conciencia de la existencia del arte, de que éste ha sido una poderosa herramienta a lo largo de los siglos, tanto para los artistas como para sus seguidores, que permite estar en contacto consigo mismo en vez de venderse a vidas que suprimen la creatividad original de uno y son dominadas por otros.

Hay quienes aseguran que para acercar a niños y jóvenes al arte no hay como llevarlos a los museos, pues los libros dan una visión limitada de los artistas y de su obra. ¿Qué piensa usted de esto? (Nos gustaría destacar que en países como Colombia, las exposiciones de arte clásico son esporádicas y muy limitadas a unas pocas ciudades principales, razón por la cual el acceso al arte y el tema de la formación estética es difícil.)

Ver una obra de arte en un museo o una galería puede ser una gran experiencia; algunas pinturas tienen una presencia tal que hace que quieras verlas una y otra vez. Siempre que voy a Londres quiero ver los “Murales de Seagram” de Mark Rothko, en la Tate Modern y, más que nada, deseo estar en su presencia. Aún no he visto bien la estructura de la pintura en estos lienzos; me gustaría tocarlos. Por otra parte, estas pinturas –como todas las demás– te dan una idea tan restringida de los pintores y de las pinturas como cualquier libro. A menos que seas un experto, un cuadro no te dará mucha información acerca de cuándo y cómo fue realizado, y no podrás volverte un experto a menos que hayas leído mucho sobre arte. Esos murales de Rothko son muy sensuales y, por lo tanto, se disfrutan fácilmente. Recibes muchas cosas de ellos así no sepas nada. Pero, por otra parte, también son muy complejos y difíciles, sería recomendable leer un libro o catálogo sobre Rothko para entenderlos cabalmente. El conocimiento puede contribuir a que aprecies mejor el arte. Los libros revelan nuevas formas de ver, formas a las que puedes apelar o no –según sea el caso– cuando estás frente al cuadro.

Crecí en una zona rural de Alemania, en la provincia, y mi familia casi nunca visitaba galerías de arte pues estaban lejos. Bien fueran prestados en la biblioteca local o regalados, los libros aumentaron y estimularon mi interés por el arte en una época en la que yo no tenía acceso a las pinturas originales. Actualmente, cuando visito algunas de las exposiciones tan promocionadas de Hamburgo o Berlín, a veces me pregunto sobre algunos visitantes (entre los cuales, sin duda alguna, a veces también me encuentro yo) que sólo caminan entre las pinturas y las miran rápidamente. Estar en presencia de una pintura original puede darte la impresión de que realmente has visto la obra por el sólo hecho de haberla mirado. Un libro sobre la misma pintura puede decirte que, después de todo, no has visto nada. Para mí, leer sobre arte hace parte de verlo, y creo que no habrá ningún problema mientras los profesores les digan a sus alumnos que la Mona Lisa está en París y no en las reproducciones del libro que están leyendo.

¿Sabe de algunas experiencias de lectura de sus libros con niños y jóvenes de algunas escuelas o en algunas bibliotecas públicas? ¿Ha conversado con niños y jóvenes sobre sus libros de arte? ¿Qué observaciones le hacen? ¿Qué les llama la atención?

He leído mis libros en escuelas en varias ocasiones y mi conclusión es que existe un interés en ver arte pero no en verlo del mismo modo en que se espera que los niños miren un problema matemático en el tablero. Procuré deshacerme del prejuicio de que el arte es difícil o problemático, aunque sí lo es, pero en otro sentido. Generalmente los alumnos respondieron cuando logré convencerlos de que el arte es una expresión de una necesidad humana y que una pintura es también una imagen en la que podemos ver otra época y conectarnos con ella, o también, justamente lo opuesto, ya que algunos estudiantes percibieron que Vincent Van Gogh se relacionaba fácilmente con sus propias percepciones como marginales o genios. Si esta correspondencia emocional es lo que perciben los niños de un autorretrato de Van Gogh, me parece bien, porque creo que estarán preparados para mirar su obra de nuevo y ver también otras cosas.

Hamburgo, Alemania, septiembre 13 de de 2005
Entrevistó, vía e-mail, Claudia Rodríguez Rodríguez, coordinadora de Programas de Lectura de Fundalectura.
Traducción: Santiago Ocho
a

Thomas David
Crítico de arte alemán (1967), estudió historia del arte y filología inglesa en la Universidad de Hamburgo y en el University College de Londres. Vive en Hamburgo, donde trabaja como periodista para un programa de televisión y para el diario
Neue Zürcher Zeitung. En la colección Lóguez Joven Arte se han publicado entre 1998 y 2003 sus títulos Rembrandt: El festín del rey Baltasar; Leonardo da Vinci: Mona Lisa; Vincent Van Gogh: El Puente de Arles y Franz Marc, los potros azules.