CRÓNICAS

Leer, tocar, oír





Por: Liliana Moreno Martínez

 

En el Centro Cultural de Comfamiliar del Atlántico, en Barranquilla, la lectura es también un asunto del cuerpo y se vive con toda el alma. Nos lo cuentan sus directivas, sus maestros y algunos de los niños y jóvenes ciegos que han encontrado en el Centro la puerta a los libros y al mundo. Reportaje.

Cae la tarde del otro lado del espejo
Y en la silenciosa biblioteca
Los pasos de la noche traen rumores de leyenda,
Rumores que llegan hasta orillas del libro.
De regreso del asombro
Aún vibran palabras en sus dedos memoriosos.
Juan Manuel Roca, Biblioteca de ciegos, Ciudadano de la noche (1989)

Andrea Lucía Acosta y Diana Mendoza, psicóloga.Andrea Lucía Acosta tiene cinco años. Es ciega de nacimiento. Tan sólo percibe la luz: sabe cuándo es de día y cuándo, de noche. Intuye a las personas por el sonido de sus pasos y el espacio que ocupan en el aire. Marcy Luciel Pérez, su mamá, dice que para ella fue una sorpresa que su hija naciera invidente. Primero le dijeron que la niña tenía un problema respiratorio. Era muy difícil darle la noticia. Al otro día le entregaron la niña y un oftalmólogo le contó la verdad. “Yo ya había perdido un bebé. Pensamos tener otro hijo y así llegó Andrea a nuestras vidas”. Marcy y su esposo vivieron juntos cuatro años. Cuando él se fue, ella decidió darle un cambio radical a su vida.

Después de vivir diecinueve años en Barranquilla, Marcy pidió un traslado en su trabajo y viajó con Andrea a Ocaña, Norte de Santander, buscando a su familia. “Quería tener su respaldo, a veces siento que yo sola no soy capaz”. Nada salió como lo esperaba. Se sintieron excluidas. “La única profesora que tenía experiencia con ciegos y sabía braille murió quince días después de nuestra llegada”. No pudieron adaptarse. Andrea extrañaba mucho Barranquilla, la biblioteca, los libros, las profesoras y los demás niños que compartían su limitación en el Programa de Jornadas Especiales que desde hace cuatro años coordina el Centro Cultural Comfamiliar del Atlántico, un centro que desde hace veinte años trabaja en actividades de promoción de lectura, música, danza y otras expresiones artísticas.

En nuestro país la ley obliga al Estado a asumir la tarea de brindar bienestar cultural a las personas con discapacidad visual, pero no existen las condiciones necesarias para garantizarles una mejor calidad de vida y, menos, los espacios que se requieren para atenderlos en temas como salud, educación y recreación. Así, muchos ciegos como Andrea no pueden acceder a la información y eso significa que están marginados de espacios de interacción social y cultural.

Son pocas las instituciones que le han apostado al 0,74% de colombianos ciegos o con baja visión que, según el censo del Dane, había en 1993. La mayoría de bibliotecas públicas y escolares aún no está lista para recibirlos: no cuenta con los recursos tecnológicos o la preparación necesaria. Habría que equiparlas, igual que a las escuelas y otros centros culturales, con recursos especializados que permitan el acceso auditivo o táctil a la información.

¿Entonces qué hace una biblioteca cuando la comunidad con limitación visual busca su apoyo? El Centro Cultural Comfamiliar de Barranquilla es un buen ejemplo: desde 2001 se ha preocupado por crear alianzas estratégicas con otras instituciones. La iniciativa nació gracias a Fundaver, hoy Fundación María Elena Restrepo, Fundavé, que le propuso a las directivas del Centro Cultural crear un Programa de Jornadas Complementarias dirigido a atender a esta población, que en 2002 era de 229 niños y jóvenes en edad escolar, y hoy es de 237, según la Secretaría Departamental del Atlántico.

Carmen Alvarado de Escorcia, quien dirige el Centro Cultural desde hace quince años, es artífice del proyecto de convertir el Centro en un modelo de biblioteca pública. Es una mujer afable, frentera, que no ha temido meterse con el tema de la lectura en todos los municipios del Atlántico. “Nosotros decidimos atender al llamado de Fundavé, pensando en que el objetivo principal de la biblioteca pública, según el manifiesto de Unesco, es crear y consolidar los hábitos de lectura en los niños desde las primeras edades y fomentar las manifestaciones artísticas y culturales sin distingos. Las cajas de compensación pueden destinar presupuesto a programas de Atención a la Niñez y a Jornadas Complementarias. Ellos, que ya tenían más experiencia en esta labor, nos enseñaron que lo fundamental es integrarlos a la sociedad y no asumirla como si se tratara de una atención ‘especial’ ”. Carmen tenía muy claro desde el comienzo cuál iba a ser la clave del éxito del programa: construir con ellos su autonomía. “También quisimos fortalecer su autoestima haciéndolos parte del proceso y ofreciéndoles orientación psicológica, que extendemos a sus familiares”.Andrea Lucía y sus compañeros en una sesión de lectura con Sara Alvarado. Los acompaña el psicólogo Joseph Palma, quien apoya el proceso de los niños.

Al comienzo sólo se desarrollaron talleres de música folclórica, pintura y lectura en voz alta. Pero luego, se les brindó asistencia permanente, así se creó el servicio de Biblioteca Accesible. “La idea es asistir a esta población con la ayuda de lectores voluntarios que presten su voz y que los orienten en sus consultas. Incluso los acompañamos para usar Internet”, explica Carmen. Además, se amplió el Programa de Jornadas Complementarias, involucrando otras expresiones artísticas como danza, modelado en arcilla y creatividad literaria, conservando los talleres de pintura y las sesiones de lectura en voz alta.

Las jornadas de Lectura a Viva Voz se desarrollan gratuitamente los últimos martes de cada mes, de cinco a seis de la tarde, en uno de los salones del Centro Cultural. A cada lectura asisten en promedio 25 personas: niños y jóvenes con discapacidad visual acompañados por sus familiares. Rara vez llega público general. La idea es que compartan textos literarios y, luego, conversen sobre lo leído. En ocasiones, han invitado escritores y otras personas especializadas en diversos temas.

Además de Fundavé, en esta experiencia han participado otras instituciones como la Secretaría de Educación Departamental del Atlántico y el Instituto Nacional para Ciegos, Inci. “La experiencia se ha enriquecido mucho más entre todos. Las instituciones hemos hecho un gran aporte metodológico y juntos hemos fortalecido estrategias y mecanismos para el desarrollo del programa, porque la debilidad más grande que tienen estas personas es no poder acceder a la información y a la tecnología”, dice María del Rosario Guevara, coordinadora de este Programa en el que se alían Fundavé, la Secretaría de Educación Departamental y el Centro. María del Rosario es la principal interlocutora de estas instituciones y no podría ser de otra manera, ella conoce de primera mano hasta qué punto el mundo se abre con la lectura, ella también es ciega.

Alguien que les lea

Leemos en voz alta para que los que escuchan
vean el sonido, se arropen en él, lo habiten

Rodolfo Castro, Habitar el sonido
(Nuevas Hojas de Lectura 5)

Jorge Luis Zarache tiene diecinueve años y es uno de los usuarios más asiduos de la biblioteca. También es uno de los más adelantados en el grupo de 28 niños y jóvenes con discapacidad visual que asisten normalmente a las Jornadas Complementarias. Su sueño es tener un diccionario en braille, pero de catalán ya que a la biblioteca llegan revistas de la Once, España, en ese idioma. “Él, además de participar, apoya a las promotoras con tareas muy puntuales, como leer en voz alta o enseñar a otros braille”, cuenta Carmen. Jorge es uno de los que más se emociona cuando leen en voz alta, dice que escuchar esa lectura es como “intentar ver la luz, el color, el paisaje a través de la voz, los sonidos, los oídos y la piel”.

La voz es el centro de atención de cada sesión, según Margarita Guevara, limitada visual y profesora de braille del Centro. “Primero hacemos una actividad de bienvenida. Hacemos rondas y cantamos. Luego dispongo una selección de libros en la mitad de la sala para que ellos mismos sean los que escojan”. Andrea lo hace siempre. Llega, toca los libros y, de inmediato, descubre de cuál se trata: “Éste es el del ganso con plumas”, dice y se ríe. Entonces, Alexandra Correa lee para ella y su grupo por diez o quince minutos. Después, quizás escriban cartas, recetas, poemas o recreen los cuentos con el cuerpo. “Otras veces vuelvo, les leo y conversamos un rato. Siempre tienen preguntas en la punta de la lengua y no descansan hasta resolverlas todas. ¡Son increíbles! Me llenan mucho”, concluye Margarita.

¿Es distinto leerles a estos niños que a otros usuarios de la biblioteca? Alexandra Correa, la promotora que trabaja con el grupo de los más pequeños, dice que sí: “Creo que la emoción es un poco distinta porque como ellos todavía no pueden leer por su cuenta se crea una relación muy estrecha. Yo les he leído a otros niños sin discapacidad: aunque la mayoría está atenta, algunos se distraen con facilidad. Pero si tú miras a estos niños ciegos, todos, absolutamente todos, te están escuchando, entendiendo, tanto, que te llenan de preguntas. No sé por qué ellos se involucran de una manera tan especial. Se quedan como momias, con la boca abierta y con cara de querer más y más”.

Carmen de Escorcia dice que dentro del programa también se ha contemplado el préstamo de libros para llevar a casa. “La idea es que puedan hacer lo mismo que hacen acá, pero en casa, tal vez en la compañía de sus familiares”. Al comienzo, el préstamo parecía ser un éxito porque los libros duraban más de un mes por fuera. “Cuando nos pusimos a investigar, nos dimos cuenta de que la demora se daba sencillamente porque no encontraban a alguien que les leyera”. Fue necesario sentarse y evaluar el programa. Entonces comprendieron que, además de los talleres de música y lectura que hasta ese momento habían aportado mucho a la formación de los participantes, también era necesario que aprendieran a leer y a escribir en braille si querían que ganaran independencia. “¡Claro! Me parece que hay que seguir insistiendo en la lectura a viva voz, pero leer y escribir con autonomía no tiene precio...”

Las flores Braille

La familia y los maestros de Stevens Suárez, un muchacho de veintidós años, siempre creyeron que arrastraba problemas de retraso mental. Un pariente, no obstante, le regaló un libro en braille una vez fue desahuciado de la escuela. Nadie le dijo a Stevens cómo leerlo; sólo que era especial para él y quizá por eso logró descifrar la lógica del sistema: de un tirón se leyó la primera parte. La vida le cambió. Stevens había estado relegado durante mucho tiempo a una silla, sin hablar con nadie distinto a su familia. Desde allí trataba de percibir un mundo del que le hablaba su madre. El libro y el ejemplo de autonomía de uno de sus mejores amigos, Lucho, fueron suficientes. “Un día me dije: ¿por qué si Lucho es ciego y monta en bicicleta, yo no lo puedo hacer? ¿Por qué no buscar quien me ayude a saber qué dice este libro de cabo a rabo?” Hoy, alcanzado ese sueño de leer por sí mismo, Stevens sabe que “no necesitamos bicicletas, ni aviones para viajar a otros lugares. Ahora podemos leer sobre otras culturas, saber cómo viven otras personas y en qué somos diferentes”.

Jorge Luis Zarache, en una de sus frecuentes búsquedas de lecturas.Stevens acaba de terminar de leer un libro sobre plantas y ecología en braille. “Los plaguicidas están destrozando la capa de ozono, ¿sabes? Pero yo creo que es exagerado decir que el aire acondicionado hace lo mismo, ¿no te parece? Hay cosas contradictorias en ese libro. No estoy de acuerdo con algunas cosas que dice, además porque la biblioteca huele a ese aire frío y me encanta. Amo venir a leer a esta biblioteca”.

El amigo de Stevens, Lucho, tiene 17 años y es el único del grupo que llega solo al Centro, “Ya sé qué bus me sirve y dónde bajarme. Mi madre me ayudó a memorizar el camino”. Lucho, que además de leer y escribir bien en braille conforma la Orquesta Sinfónica del Centro, se llama como el hombre que hizo posible que sus dedos lo llevaran lejos. El francés Louis Braille (París, 1809-1852) perdió la vista a los cinco años después de un accidente con una de las herramientas de su padre. Desde ese día no dejó de soñar con ser autónomo para poder leer y escribir. Entonces conoció un sistema que le serviría de inspiración para su invento. Un capitán de artillería había creado un sistema de lectoescritura con base en puntos para que los soldados pudieran enviar mensajes en la oscuridad de la guerra. Louis Braille, alejado de las trincheras, adaptó y perfeccionó el sistema hasta convertirlo en un poderoso instrumento de comunicación. Gracias a esa historia acaso olvidada, Jorge Luis, Lucho, Andrea y Stevens convierten las yemas de sus dedos en ojos abiertos. Sin embargo, Margarita Guevara insiste en que aprender el lenguaje fue un proceso duro y doloroso. “Primero les enseñamos a los promotores y luego a los padres, para que, una vez todos preparados, pudiéramos enseñar por grupos. Los muchachos han ido aprendiendo poco a poco. Ha sido un proceso lento pero lleno de motivaciones. Ya leen cuentos cortos elaborados por padres y profesores y escriben los propios para compartirlos entre todos”.

La biblioteca del Centro Cultural dispone de 387 libros en formato braille, gracias a las donaciones del Inci. También cuenta con dos equipos Víctor Reader, 128 libros hablados, una grabadora para oírlos y un programa de ampliación “Magic Vision” para personas con baja visión. “Queremos seguir gestionando recursos y donaciones con el fin de ampliar la atención. Pero no es una tarea fácil. El trabajo que hacemos en esta institución se hace de manera personalizada, ésa es su fortaleza, la única forma de lograr que se integren a la sociedad”, concluye Carmen. Tampoco el altísimo costo de producción de los libros en braille permite pensar que el futuro sea fácil: hacer un libro en braille cuesta cuatro veces más que uno normal. El tamaño del papel, el gramaje y una máquina para imprimir en relieve son sólo algunas de la razones.

De todos modos, Andrea, Stevens, Jorge Luis y Lucho, además de otros veinticuatro niños y jóvenes que hacen parte de esta experiencia, saben que en la biblioteca del Centro Cultural Comfamiliar hay un espacio abierto para ellos, un lugar en el que pueden acceder de manera gratuita a los servicios. Siempre habrá alguien dispuesto a leerles en voz alta, a orientarlos en una consulta bibliográfica o por Internet, aunque todos sepan que la única manera de ser autónomos será aprendiendo braille. Eso lo sabe bien Andrea; ya olvidado el viaje que la alejó de Barranquilla, se aferra a las historias, las aprende de memoria y le pide a su madre que la arrulle con su voz; le pide que la lleve a la biblioteca y, sobre todo, que la deje compartir un rato con niños y jóvenes iguales a ella. Le pide que abran nuevos libros juntas para no olvidar los mundos a los que puede ir desde cualquier rincón de la biblioteca.

Liliana Moreno Martínez
Cursó estudios de derecho en la Universidad Externado y de literatura en la Universidad Nacional de Colombia. Actualmente trabaja en Fundalectura como asistente de Programas de Lectura.