EXPERIENCIAS

Una lectora llamada Béatrice





Por: Béatrice Devanciard

 

Leer a personas mayores es prestarles los ojos al alma, es redescubrir los recuerdos e insistir en el intercambio. Una conmovedora experiencia humana.


Imagine por un momento que me acompaña una tarde, a la casa de la señora G. Una persona mayor, aún autónoma aunque sufre algo con sus ojos. “Es una persona muy agradable que sufre de soledad”, me había dicho el agente de acompañamiento. “Todas las personas que he conocido en este edificio murieron hace tiempo”, me dirá la señora G.

“¡Si usted supiera cuánto bien me hace oír el timbre!”

Después de anunciarme, la señora G. me recibe con esas palabras una tarde casi otoñal. La ayudo a cerrar la pesada puerta de roble y la sigo. Lleva pantuflas de lana y se desliza sobre un bello piso de madera encerada. Me invita a entrar en su refugio y me hace sentar en una tumbona. Espero que la señora G. se instale cómodamente. Después, comenzamos a conocernos.

“Es un trabajo muy especial el que usted hace –dice–. Yo todavía puedo leer, porque leer ha sido siempre parte de mi vida, que no ha sido fácil, pero el hecho de que usted esté acá es algo bueno. Yo escucho la radio, veo la televisión, pero los programas interesantes los dan demasiado tarde. No estoy sola del todo, tengo una hija, su familia, y una mujer que me ayuda con la casa. De todos modos, los días son demasiado largos”.

Mientras la escucho atentamente, miro la belleza de sus noventa y siete primaveras, ataviada con un vestido de flores, con sus pies enfundados en esas pequeñas pantuflas. Su cabello gris le confiere un porte altivo. Le pregunto qué quisiera leer.

“Cualquier obra me interesa. Es el hecho de haber viajado… Desde muy pequeña tengo un espíritu curioso. Me acuerdo de una estadía en Canadá, del famoso verano indio… Era de una belleza… yo fui con mi marido”, dice señalándome un portarretratos sobre un piano. “Tuve suerte para mi época porque una mujer no podía hacer lo que quisiera. Yo era un poco de vanguardia, gracias a mi esposo y a mi padre. Tuve un esposo muy comprensivo. Fue él quien me enseñó la profesión de fotógrafa, que me ha servido mucho desde que enviudé, con mi pequeña hija, también fallecida después. Pero la aburro al contarle todo esto. ¿Quiere algo de tomar? Ah, sí, le hablo de mis viajes, pero amo todo aquello que sea novela histórica; comencé hace poco un libro pero no me acuerdo bien del título: habla de una trabajadora en una fábrica de encajes…

—Le traje varias lecturas para que pueda escoger. Pero si quiere podemos continuar con el libro del que me habla. Si me permite, voy a mirar en su biblioteca, a lo mejor está allí.

Al mirar sus libros, algunos un poco descuadernados, aún con marca páginas, y sentir el sutil aroma que se desprende de ellos, mezcla de encuadernaciones de cuero, olor a guardado, papel de arroz un poco amarillento, pienso que son testimonios de una historia.

Un ramo de encajes, leo en voz alta. ¿No será ese el libro, señora G.?

—Sí, ése es… debe tener un marca página.

Comienzo a leer. Le pregunto a la señora G. si me escucha bien, si distingue mi pronunciación.

“Claro que sí, me estoy dejando arrullar, usted tiene una voz muy bonita”. Es la historia de una obrera del siglo pasado, que trabaja desde muy joven en una fábrica de encajes, en el norte de Francia y parece conmover mucho a la señora G. Después de un pasaje sobre el trabajo de bordar, la señora G. interviene: “Espere, voy a mostrarle una cosa”. La ayudo a levantarse. Tira de la manija de una cómoda y saca una caja en la que reposan, delicadamente doblados, tres pequeños pañuelos de algodón, con encajes repujados y sus iniciales bordadas.

“Los hice yo –dice emocionada–. ¡Dios mío, qué vieja estoy! Yo era joven, esto hacía parte de mi ajuar. Lo preparé con mi madre, quien nos dejó muy pronto… Espere, le voy a mostrar otra cosa”. Entonces saca un misal recubierto en marfil, con el cierre tallado. “Es el misal de mi primera comunión. Mi padrino me lo dio… Puedo verme con mi espléndido vestido, mis padres…”.

Estoy allí, de pie, escuchando a la señora G. en su remembranza, y mi mirada recorre el apartamento en el que vive, en medio de cosas que tienen alma, esa del recuerdo… Silencio… No hay necesidad de palabras… Entonces suena un timbre.

Creo poder decir que compartimos un momento de placer recíproco: la señora G., el de conversar, y yo, el de escucharla, mirarla, mirar en su tapicería los motivos florales, envejecidos quizás, pero tan evocadores de una vida de la que la señora G. me hablará por fragmentos, después, al venir varias veces.

—Adiós señora G.

—Gracias, gracias… Espero que pueda volver muy pronto… Este momento ha sido maravilloso, ¡cómo es de agradable escuchar a alguien leer algo que te gusta mucho!

Hasta pronto señora G. Cierre rápido la puerta y gracias a usted, que me ha enseñado tanto.

“Un artículo de periódico permitió conectarnos”

Después vamos a casa de la señora J., en un establecimiento para personas mayores dependientes. La conozco gracias a su director: “Es casi ciega y dependiente. Tiene noventa años pero tiene sus facultades intelectuales intactas. La señora J. leía mucho. Una mujer bondadosa le traía casetes con lecturas en voz alta. Ella a veces es un poco tirana: no tiene relaciones con su familia. Se la voy a presentar”.

—¿Quién es usted?, dice la señora J.

No le doy mi identidad, sólo le digo que vengo para proponerle un espacio de lectura.

—¡No hace falta hablar tan duro, no soy sorda aunque sea casi ciega y minusválida! Siéntese a mi lado, quite eso que hay sobre esa silla, es mi grabadora… déle la vuelta al casete, no puedo hacerlo y me da pena pedirlo todo el tiempo… Por favor, páseme un pañuelo.

Le pregunto qué cosa quisiera leer.

—Es usted quien tiene que decirme… no veo muy bien qué quisiera.

—Le traje un libro de historia, otro sobre el campo, una región de Francia, Grenoble y sus alrededores, algunos cuentos…

—Léame el periódico de hoy.

No traje el periódico. Imposible encontrarlo en la casa. Una vecina de la señora J. me ofrece el de ayer… Vuelvo a la habitación de la señora J.: “Bueno, un día menos, qué más da”. Hojeo el periódico buscando un artículo que le pueda interesar.

—Léame la página de los obituarios, quizás haya gente que conozco… Ah, ese nombre me dice alguna cosa, es verdad que esa persona podría tener mi edad… Continúe.

—Hay un artículo sobre Irán, ¿quiere que se lo lea?

—Sí, es un país que me gusta, sobre todo su emperatriz.

Le digo a la señora J. que la emperatriz acaba de escribir su biografía.

—Me gustaría que me la leyera.

—Acaba de aparecer el libro pero puedo conseguirlo.

—Sí, eso sí que me gustaría…

—Hay también un artículo sobre caballos.

—¡Ah! Los caballos, Dios mío, esos sí que me gustan… Tuve una yegua, ¡cómo la quise!

—¿Cómo se llamaba?

—Espere… ¡ah! ya recuerdo. La llamé Flecha de Oro, si usted la hubiera visto, ¡era bellísima! Nos amábamos. Tuvo una potranquita. Debí separarme de ella cuando me volví minusválida, qué dolor.

Silencio.

—¿Puede cubrirme las piernas con la manta?... Es terrible siempre tener que pedirlo todo, depender de alguien y además no poder ver, a mí, que me gusta tanto leer.

—Sí… A propósito de caballos, fui a ver el espectáculo de Los caballos del Viento, dirigido por Bartabas –le explico a la señora J. quién es Bartabas–. Son muy bellos y los caballos son los verdaderos personajes. Si quiere, puedo traer el libro.

—Ah, sí, me gustaría mucho, pero no olvide el de la emperatriz de Irán. Creo que se llama Farah Diba.

—Sí, es ella.

Ese artículo del periódico del día anterior nos permitió conectarnos mutuamente, reavivó ciertos recuerdos de la señora J. y apuntaló nuestra próxima lectura.

Le llevé a la señora J. los libros solicitados. Me pidió que le hablara del de Bartabas. Hojeé por ella, el bello libro ilustrado con fotos a todo color.

—¡Qué belleza! ¡Diecisiete ocas! Qué trabajo de vestuario, ¡sobretodo el de la yegua! Me gusta de verdad la manera en que usted describe la escena. Usted sabe, yo viví en el campo y tuve animales de finca… Pero para nosotros, las ocas eran para comer, no éramos ricos, me acuerdo de cuando me tocaba alimentarlas y mi mamá me decía que tuviera cuidado con los gansos… Me gusta mucho su manera de leer. No me cansa y me interesa y sobre todo usted se toma el tiempo de explicarme. La espero la semana que viene con impaciencia. Gracias señora, ¿el timbre está bien cerca?

Escoger la sustancia de su alma

Soy lectora a domicilio de personas mayores: ¿qué trabajo es ese? ¿Qué sentido tiene? Mi trabajo obedece a una relación laboral entre el Centro Comunitario de Asistencia Social y las bibliotecas de Grenoble y se articula alrededor de las conclusiones de un proyecto llamado Léonoardo Biblex, “Programa europeo de biblioteca y lucha contra la exclusión”.

“¿Usted sabe leer, Beatrice? –me preguntó un día el jefe de servicio– Claro que sí, pero creo que hay una manera de leer”.

Si leer, “es elegir, es decir, saber que escoger un libro, una revista, un periódico, es escoger la sustancia de nuestra alma” (G. Duhamel).

Para organizar este nuevo servicio, me puse en contacto con profesionales de servicios de apoyo a domicilio, encargados de establecimientos para acoger a personas mayores.

¿Qué lecturas pueden proponerse a estas personas, minusválidas, ciegas que no pueden “elegir la sustancia”? Su minusvalía no les permite ni siquiera leer impresos de letra grande, ni utilizar pantallas que agranden los caracteres, ni cambiar el casete de un audio libro. Cualquiera que sea el lugar, la primera vez siempre voy con un profesional con el objeto de discernir sus escogencias de lectura, para así proponer algunas más.

A medida que ha pasado el tiempo he descubierto que algunas de estas personas, entre los ochenta y noventa y seis años, no han leído prácticamente nada durante sus largas vidas debido a la pobreza que las obligó a trabajar desde muy niñas. Además de una escolaridad precaria, que encuentra su máxima expresión en el caso de una mujer de edad muy avanzada que me confesó: “No hay necesidad de saber leer, sino más bien de saber ordeñar las vacas, ayudar a mamá y a la numerosa familia, preparar el ajuar y mantener un hogar”.

Si el nombre de mi oficio es “lectora a domicilio de personas mayores”, ese momento de lectura debe ser un momento de placer para estas personas, un momento de cuidado de su humanidad o de su entorno familiar. Es también una escucha atenta de sus escogencias de lectura: ¿qué prefiere ella? ¿Qué lee ella? ¿Qué lecturas la marcaron?

La cultura del corazón

Para no cansar a ciertas personas, mis lecturas son cortas pero comprensibles. Los temas propuestos son variados: para alguna, se tratará de mundos submarinos, para otra, de arquitectura, de viajes, de pintura, de bordados, de cocina o de política.

Yo intervengo en sus vidas durante dos horas, una vez por semana, en la casa del anciano o la anciana, siguiendo un plan que hemos establecido juntos. Según su estado de salud, ocurre que con frecuencia leo a personas hospitalizadas. A una de ellas, de origen español, le propongo leerle en su idioma. Siempre estoy atenta durante el momento de lectura: ¿se encuentra cómoda? ¿Quiere beber algo? ¿Tiene calor o frío? Siempre le propongo mi ayuda si necesita de algo en particular.

Con mi maleta de ruedas, me desplazo por todo Grenoble, ávida de encontrar, de buscar, de informarme sobre todo aquello que pueda interesar a mi probable escucha. Voy con regularidad al centro de documentación del CCAS, donde puedo encontrar periódicos y revistas. Una vez por mes participo en un encuentro con lectores, en una biblioteca de barrio, para hablar, intercambiar lecturas, conversar sobre mi trabajo y estar al tanto de novedades. Progresivamente, aprendo de mi trabajo de lectora a través de personas que hablan conmigo, que me permiten entrar un poco en sus vidas, e intento proponerles un pequeño momento de placer “con todo mi corazón”, como diría la señora Ma Yan, una profesora china… Les pido a las familias que compren un cuaderno para entablar una relación entre sus parientes y yo, y para que conozcan las lecturas que les propongo. “Es bueno lo que haces, es interesante, eso ocupa un poco a mi padre, ¡mi madre amaba tanto leer!”

Es verdad que siento placer al descubrir libros en casa de una persona, pero me emociono de igual manera al descubrir la “cultura del corazón” de esas vidas que no siempre han sido fáciles. “Jamás tuve tiempo para ocuparme de mí misma, no sé casi nada”. Claro que sí, pienso, esta persona sabe muchas cosas, y la tarea es proponerle que las encontremos, por ejemplo, en un libro sobre profesiones antiguas. “Sí, me acuerdo, yo cargué cacharros, mi papá era cacharrero… Yo fui zapatero, pero también palomero. Monté mucho en bicicleta para trastear mis pichones a concursos…” me dijo un señor, algo depresivo, que siempre espera el momento de lectura. “La señora C. se puso sus bellos tirantes para usted”, me dice un miembro del personal.

“Si envejecer es leer el tiempo”, según Sylvie Tourneur, “leer en voz alta exige todo un trabajo porque la voz dice, sugiere, evoca e invoca, a través del timbre, de la textura, del ritmo, de los mínimos matices de aquello que la persona mayor pueda llegar a pensar, sentir, imaginar”. “¿Y si la voz fuera el inconsciente de la palabra?”, decía Jaques Nassif, filósofo y psicoanalista, en su ensayo ¿Usted me escucha?

Traducción:
Juan David Correa Ulloa

Béatrice Devanciard
Educadora especializada y graduada de la Universidad de Barcelona, siguió un curso dictado por el Centro Multidisciplinario de Gerontología de la Universidad de Grenoble. Desde 2001, es lectora a domicilio, labor que actualmente desempeña en el Centro Comunitario de Acción Social, CCAS, y en el Servicio de Animación a Personas Mayores de Grenoble, Francia. Su innovador trabajo se realiza con los servicios sociales a domicilio de la ciudad. El presente artículo se reproduce con autorización de la autora y de la redacción de la revista donde inicialmente se publicó:
BIBLIOthèque(s), Nº 16, octubre de 2004.