HABLEMOS DE LECTURAS

Lector impenitente





Por:Juan Gustavo Cobo Borda

 

Los libros y las bibliotecas son un universo de imágenes, de personajes y de historias que sólo el lector puede descubrir y el escritor inventar. Esta es una invitación para indagar en ese universo y descubrir ese espacio que tenemos en casa: la biblioteca.

El apartamento tendrá unos cien metros y está todo lleno de libros, inclusive la cocina y los baños. En la soledad de las madrugadas, alegres por el canto de los pájaros, los estantes respiran con sosegada armonía. Los libros también duermen y se desperezan a la espera de su posible lector. Jorge Luis Borges convive con André Breton, André Gide con Rainer Maria Rilke y Virginia Woolf con los varios volúmenes sobre Pablo Picasso o Piero della Francesca, en un diálogo secreto y a la vez muy prometedor. Porque toda biblioteca es una caja de sorpresas: o no la hemos agotado ni leído bien, o el tiempo, al cambiarnos, también cambia las páginas subrayadas. Pueden ser más hondas. Pueden resultar más amarillas y perfunctorias. Las bibliotecas, como todos los organismos vivos, se pueblan también de las hojas muertas. De lastres terribles.

La biblioteca de que vengo hablando no parece tener mucho sentido. No sirve a una universidad, no atiende a ningún centro de investigación, no se llama Nicolás Gómez Dávila o está situada en un barrio de invasión. Es la biblioteca de un escritor. Se ha ido erigiendo a lo largo de muchos años y variados países pero todo este tiempo de hallazgos y deleites es ahora sólo un espacio que nos constriñe. En ocasiones con su claustrofóbica sensación de cárcel física. De agobio y tedio. De papeles inútiles. De libros que no se encuentran y nos desesperan en su infructuosa búsqueda. Terminamos por salir a comprarlos para descubrir, al poco rato, que tenemos un nuevo libro repetido.

Pero una biblioteca puede ser también el más liberador incentivo para vuelos imprevistos. Para desatar la imaginación de toda restricción y todo encierro. Para intentar esclarecer un presente dramático, atroz o insignificante del todo gracias a pasados que aún sobreviven con fuerzas incontenibles. Todavía Alejandro, Napoleón o Bolívar tienen, como Maquiavelo, mucho que decirnos. Nos enseñan cómo el desafuero de la ambición ilimitada la castigan los Dioses, aprisionándolos entre sus propios límites, concediéndoles apenas cien días para rehacer el imperio perdido. Nada más fascinante que leer la historia y rastrear en ella los rasgos de nuestros días, tantos seres providenciales y únicos convertidos en simples notas de pie de página. La lectura, al abarcar el pasado, el presente y el futuro, nos obliga a una sencillez lacónica y a una modestia estricta. De muchos grandes hombres solo sobrevive una frase última: “Luz, más luz”, pedía Goethe, que todo lo sabía. Sólo que murió al momento de decirla.

Locos por los libros

Hernando Mejía Arias tenía en Pereira, en un penumbroso edificio de representaciones agrícolas y abogados sombríos, una oficina, con sillones y tinto, destinada exclusivamente para ir a leer. El placer era un oficio. Nunca escribió una línea pero me incentivó para hacer en Colcultura el libro de las crónicas de Luis Tejada y me hablaba de figuras como Azorín y Benjamin Jarnes que muy pocos, en Colombia por cierto, transitan hoy en día. También regaló en delirante generosidad de enamorado, centenares de sus mejores libros a una Marta Traba que se había quejado en público de una transitoria dificultad económica.

¿Hernando era loco por culpa de tantos libros, como un Don Quijote perdido en sus quimeras de caballero que redime a las damas de alta alcurnia? En todo caso, los hacía empastar con cariño, les añadía recortes pertinentes y prefería, antes que prestarlos, conseguir otro ejemplar para regalárselo al amigo. Fue uno de los primeros visitantes de las librerías de segunda que hoy proliferan en todo Bogotá con nombres como Homero, El Dinosaurio, Luvina o Trilce. Sin olvidar las aceras de la carrera séptima los domingos.

Estoy hablando, entonces, de gente sin oficio muy definido –un escritor, un lector– y con algunos recursos. Pero un libro, hoy en día, puede conseguirse por el precio de un almuerzo ejecutivo, de un “corrientazo”, y esos tres mil pesos invertidos en un tomo de Marcel Proust, Gabriel García Márquez o una descabalada edición de La Vorágine dan origen a una biblioteca que no sé por qué concibo hoy como trinchera y refugio. Cápsula que nos aísla del tedio fúnebre de las noticias o la avidez rapaz con que muchos se disputan, a dentelladas, un lugar en ese estatus promiscuo del jet-set.

Los libros, bien lo sabemos, son irreales: hablan de seres que no existen. Convierten a quienes los escriben en fantasmas traspasados por fantasías absorbentes y únicas. Virginia Woolf repetía en voz alta, en la ducha, las frases que había escuchado la noche anterior en sueños y García Márquez lloró como un niño cuando tuvo que dar muerte, en su novela, al coronel Aureliano Buendía. Las mentirosas palabras con que los escritores nos engañan y seducen terminan por ser verdades irrefutables, aquí, en Marruecos o Japón. Sus personajes inverosímiles llegan a ser nuestros mejores y más próximos amigos. ¿Quién era en realidad Franz Kafka, que se reventaba de la risa al leerles en voz alta a sus amigos esas fábulas terribles llamadas La metamorfosis o El proceso? Evidentemente, un gran escritor que veía las dos caras de las cosas: tragedia y comedia.

Eros y Thanatos. El que abría un margen de incertidumbre sobre las verdades estrictas, llámense Ley o Justicia o Animal y Hombre. El escritor es quien pone en duda y hace preguntas. Es también aquel que, como en las bibliotecas, congela el tiempo y nos recuerda que la algarabía publicitaria de los medios, con sus premios, polémicas y novedades, se atemperan y se confunden en el aire mágico donde lo que Fernando Vallejo escribe hoy contra Álvaro Uribe y Fidel Castro suena igual a lo que José María Vargas Vila escribió contra Miguel Antonio Caro, Rafael Núñez y algún sátrapa latinoamericano de turno. Los tiempos vuelven, distintos pero iguales. En la locura circular de los libros, la opción humana, personal, intransferible, es la lectura. Gracias a ella marcamos con nuestra impronta ese anonimato indiferenciado en que tantas generaciones de hombres y mujeres han caído, sepultadas en el olvido. Las líneas perdurables de un poema, memorizado para siempre, nos conceden la única inmortalidad posible. Así lo dijo Emily Dickinson en su poema de 1873, traducido por Silvina Ocampo:

No hay fragata como un libro
para llevarnos a tierras lejanas
ni corceles como una página
de burbujeante poesía
–esta travesía el más pobre puede hacer
sin la opresión del peaje–
cuan frugal es el carruaje
que lleva el alma humana.

No pagamos peaje, no hay censura: sólo el viaje sin fin, mediante un libro.

Esa mente llamada biblioteca

Me sorprende la reflexión material sobre el libro y la diversidad proliferante de los estudios sobre la lectura, encabezados por el delicioso volumen de Alberto Manguel. Ahora, en el reciente diálogo que sostuvimos en la Feria del Libro de Ciudad de México con Roger Chartier, volví a sentir esa paradoja viviente que Borges encarnaba y cómo su Biblioteca de Babel continua siendo el paradigma, de Voltaire y Cocteau a Ramón Gómez de la Serna y Juan José Arreola. La mente es hospitalaria, acoge todos los tonos de color y todas las músicas del habla. Por ello Chartier en El orden de los libros (1992) nos muestran cómo desde sus orígenes este instrumento clasificatorio y reflexivo afronta un gran desorden: el desorden, vivaz e inagotable, del mundo. Cita Chartier el Diccionario de Furetiere, de 1690, y copia la más clásica de las acepciones: “Biblioteca: apartamento o lugar destinado a colocar en el los libros”. Y, en un segundo sentido: “Biblioteca es también una selección, una compilación de varias obras de la misma naturaleza, o bien de autores que han compilado todo aquello que puede decirse sobre un mismo tema”.

Selecciones, thesaurus, catálogos, corpus, Flores de Varia Lección, con sus enfáticas mayúsculas. La biblioteca es el lugar pero también la memoria que escoge y olvida, que ve retornar lo perdido. Trátese del baldosín veneciano de Marcel Proust o la servilleta, rígida y almidonada, que le hace recordar la toalla con que se secó el rostro, de pie ante la ventana, en el primer día de su estancia en Balbec. La servilleta desplegará ante el “el plumaje de un océano verde y azul como la cola de un pavo real”. El cómo de la metáfora nos ha abierto un mundo, del mismo modo que la biblioteca, apagada, inerte, sombría, yace entre el polvo del olvido, hasta que el relampagueo de una mirada establece el puente. La asociación que fulgura con el eco de las correspondencias y nos lanza así en pos del renovado espejismo: un libro, otro libro, los demasiados libros, como aclaró Gabriel Zaid.

No es de extrañar entonces que Carlos Marx escribiera El Capital en la biblioteca del Museo Británico y que Giacomo Casanova perpetrara sus deliciosas e inteligentes memorias como bibliotecario de un noble alemán. Sólo los lectores curiosos, críticos, impertinentes, reaniman los mausoleos y les infunden sangre nueva. La infinitud de las bibliotecas contradice nuestra precariedad infinita. Los kilómetros de estantes, la debilidad de nuestras piernas. La sequedad rojiza de nuestros ojos. Por ello la enciclopedia que crece cada día en Internet no requiere de editores ni de plan: cada uno defiende su aporte y exige una calidad que beneficie al conjunto. Quizás todos ellos recuerde el verso de Emily Dickinson: “El poeta es el que nos da derecho a la incesante pobreza”. Esa pobreza que nos alimenta con su sed de nuevos conocimientos. Quizá por ello escribí Lector impenitente. El libro que el Fondo de Cultura Económica ha publicado en México, en 500 páginas, para rendir un testimonio de admiración a la lectura misma, trátese de Colón, Rubén Darío, Bolívar, Germán Arciniegas, Borges, Neruda u Octavio Paz. Escribí esos ensayos, registré esas charlas con Rulfo o con Álvaro Mutis, para revivir el deleite que aún me producen. Para compartirlas. Para saber, al volverme otro mediante la escritura, que nuestra personalidad se desdobla y se transforma. Que nunca es la misma y que sólo la sostienen, reconocible, en el tiempo, las pasiones que conformaron la infancia. Mi pasión fue la lectura, mientras papá y mamá me escondían los libros para que estudiara. Aún hoy recuerdo una edición de Shakespeare, cuyas pastas en madera me producían la sensación desconcertante de ser algo más que un libro: una caja fuerte. Un cajón de herramientas. De seguro que entonces no lo entendía, pero fue tal mi rabia con ese injusto acto de represión y censura, que enarbolé un hacha y derribé la puerta de mi cuarto en la calle 93, en pos de esos tesoros clausurados en un inmenso baúl de viajes... que papá se había llevado a la oficina y que luego perdí de vista. Aún tengo la sensación incontrovertible de que allí se esfumó un Dorado que no tiene precio. Que hará falta hasta el fin de los días.

La complicidad hipócrita de mamá con papá, pretendiendo que todo era para mi bien. Para leer en vacaciones, cuando hubiese pasado el año, dio de seguro firmes raíces a mi rebeldía. Sólo quería leer, sólo quería escribir y llenar el mundo con los libros que a mí me gustaban, sin piadosas excusas. Por ello en Lector impenitente grandes herejes como Machado de Asís, Alejandra Pizarnik o Rubem Fonseca brillan como diabólicas llamas rojas. Están al margen y exploran el abismo. De igual modo en Lengua erótica, la antología de poesía en lengua española que Villegas Editores publicó en el 2004, brillan como joyas incandescentes ese Cantar de cantares que le costó a Fray Luis de León cinco años de cárcel por parte de la Inquisición, al haberlo vertido al español, del mismo modo que los poemas de García Lorca sobre Walt Whitman o el Diálogo entre Venus y Priapo, de Rafael Alberti, restituyen todos los poderes magnéticos a una palabra carnal. Una palabra que canta el cuerpo con sublime desenfreno. La literatura es entonces esa ambigua fuerza que desdibuja los límites y nos restituye el incierto secreto de una humanidad siempre en búsqueda, siempre incierta sobre su destino. No hay certezas: sólo libros en perpetua movilidad que rehacen la herencia, iluminan el presente, encarnan ya el futuro.

Coda

Le pregunto a Paloma, mi hija de doce años, cuál libro le ha gustado de modo especial. Uno que me recomendaron en el stand de Fundalectura en la Feria: Flores para Algernon de Daniel Keyes. Tuve que leerlo dos veces porque no lo entendía. Es un hombre de 37 años, discapacitado mental, que escribe como un niño. Que fue un genio, y ahora ha vuelto a ser víctima de su enfermedad. Es muy triste pero muy bueno.

Quien alumbra
Cuando me miras
mis ojos son llaves,
el muro tiene secretos,
mi temor palabras: poemas.
Sólo tú haces mi memoria
Una viajera fascinada,
Un fuego incesante.
Alejandra Pizanirk.

Tomado de Lengua erótica: Antología poética para hacer el amor. Selección de Juan Gustavo Cobo Borda, Villegas Editores, Bogotá, 2004

Juan Gustavo Cobo Borda
Periodista, crítico literario y poeta colombiano (Bogotá, 1948). Se desempeñó como director de las revistas literarias
Eco, de la librería Buchholz, y Gaceta, del Instituto Colombiano de Cultura. Ha colaborado con otras publicaciones, como Plural, de México, ABC, de España, y El Nacional de Venezuela. Publicó en el 2004 con Villegas Editores Lengua Erótica: antología poética para hacer el amor y recientemente, con el Fondo de Cultura Económica, Lector impenitente.