DOSSIER

Obras de sastrería y buena literatura





Por: Claudia Rodríguez Rodríguez y Juan David Correa

 

Los autores reflexionan sobre la legitimidad de un género que parece satisfacer intereses inmediatos pero no los interrogantes cruciales de los adolescentes. A partir de allí cuestionan el rol de autores, editores y educadores en la formación de los jóvenes como lectores.

Hace unos meses en Fundalectura nos hacíamos una pregunta: ¿existe la literatura juvenil? Por paradójico que suene, esta pregunta se estaba haciendo en una fundación dedicada a la promoción de la lectura, que se ocupa precisamente de la literatura para niños y jóvenes, con lo cual podría darse por saldado el tema de su legitimidad, pues ¿cómo promoverla si no existe y si no se la reconoce como tal?

Más allá de responderla, la pregunta nos fue llevando a honduras más difíciles de resolver: ¿se trata de un género?, ¿es, más bien, un conjunto de obras que responden a los intereses concretos de una edad?, ¿cuáles son los temas que suponemos los adultos llaman la atención de los jóvenes de hoy?, ¿cuáles son los intereses reales de estos jóvenes?, ¿es sólo una etiqueta editorial, suerte de avanzada del mercado para conquistar un público tradicionalmente esquivo?

Nuestras preguntas surgieron después de leer montones de obras para jóvenes que llegan a nuestro Comité de Evaluación, novelas y relatos que nos llevan a considerar con atención lo que tanto autores como editores están entendiendo como literatura juvenil.

Mirada con detenimiento, la oferta resulta una gama variopinta que va de los relatos realistas, la recreación de mundos fantásticos, el planteamiento de temas tabú como la drogadicción o el satanismo, hasta las propuestas de obras obedientes con la norma y preocupadas con la reglamentación de los desafueros juveniles, cuando no se ocupan de las “preocupaciones propias de la edad”.

Pero, consideremos primero el fenómeno desde una pregunta central: ¿es en verdad un género la literatura juvenil?

Lo que caracteriza un género es, entre otros asuntos, una estructura y un lenguaje, incluso una cierta manera de proponer los conflictos humanos y, naturalmente, los mundos posibles. Así, las obras que se publican para los jóvenes pertenecen a alguno de los géneros de la literatura: a la narrativa, la mayoría de ellas, o a la lírica y al drama, en menor proporción, lo que hace innecesario considerar otra categoría para enmarcarlas. Más bien, y saldando la cuestión del género, parece que un tipo de obras se ha inscrito dentro de lo juvenil bajo el presupuesto de que tratan temas que interesan a los jóvenes.

En consecuencia, se nos ocurre que la literatura juvenil está quizá definida por los temas. Sin embargo, ¿cuáles son esos temas que nosotros llamamos juveniles?, ¿son los que realmente interesan a los jóvenes, los que se ajustan a sus necesidades vitales?, ¿o son, tal vez, aquellos que los adultos les proponemos –imponemos– llevados por nuestras propias preocupaciones y, acaso, por el recuerdo de nuestra propia adolescencia?

Lo joven vs. lo juvenil

Hoy la producción literaria juvenil constituye un cuerpo de obras que al parecer se ajusta a un lector tipo, mucho más que en el caso de los adultos, es decir, que considera con mayor concreción unas edades definidas, unas preguntas particulares, un modo representativo de ser en el mundo por un período breve, pero que de todas formas determina el modo de ser a lo largo de la vida adulta. Considerando a los jóvenes en esta perspectiva, se volvió necesario pensar en sus problemas, en su crecimiento, en su formación moral y social. Como si todo esto no tuviera relación con los lectores de todas las edades y como si hubiera que tratar los temas de una manera muy especial, casi como si los escritores de esta franja se plantearan que su escritura es de autoayuda, de ahí que propongan temas pensados para jóvenes en donde parten del supuesto de que se trata de lectores desorientados, problemáticos.

En realidad, ¿son tan especiales, raros y difíciles los adolescentes como individuos, como lectores y como consumidores de cultura?

Sin duda, los jóvenes son un grupo social que no lee porque la escuela malogró su relación con la lectura y la escritura: la obligación, la tarea, los resúmenes, los autores propuestos desde perspectivas academicistas, la manera taxonómica al abordar la literatura, que la convierte en un problema más a resolver equiparándola con las matemáticas, la educación física o la biología. Pero también porque los nuevos lenguajes lo han atraído más fácilmente. No quiere decir esto que el cine, los videojuegos y el Internet no reten la interpretación. Al contrario, son lenguajes también textuales, que dan lugar a la imaginación, desarrollan competencias, proponen referentes ideológicos y construyen su identidad, su sensibilidad y su conocimiento. Su “ventaja” es no haber sido incorporados por la escuela y conservarse como espacios de mayor libertad y no instrumentalizados en función de un saber institucional.

Aquí reaparece nuestra pregunta: ¿Es necesario fundar un género, ofrecer una serie de temas para formar a los jóvenes como lectores?, ¿o estamos, más bien, llenando vacíos en las necesidades educativas y comerciales siempre pensadas desde el mundo adulto? Parece que sí, al menos como estrategia de doble faz: creemos capturarlos como lectores si les damos espejos de sí mismos con los que pueden identificarse fácilmente, pero al mismo tiempo apaciguamos nuestra angustia adulta ofreciendo salidas a problemas existenciales que precisan no de una identificación inmediata, sino de una reflexión de largo aliento que, desde ya, será el tema de la vida adulta. En general, encontramos en muchas de estas novelas simples descripciones de problemas contemporáneos que se resuelven casi siempre como “moralejas”, políticamente correctas; si la novela es sobre la droga, por ejemplo, generalmente se plantea una salida en la que el héroe reencuentra el camino del bien. Como si esto fuera poco, algunas novelas incluyen listados de asociaciones dedicadas a redimir personas con problemas de conducta… Resulta entonces necesario poner en cuestión la autenticidad de los intereses juveniles plasmados en este tipo de obras y, por lo mismo, la legitimación de un corpus llamado literatura juvenil.

Al poner lo anterior en cuestión, necesariamente aparece el tema de los verdaderos intereses de los jóvenes, porque en ellos parece afincarse el argumento que sustenta el género. Argumento inspirado en la sicología y en la pedagogía, saberes que crearon la categoría de lo adolescencial para identificar ese momento de la vida en que se pugna por encontrar un centro, por definir las bases de la personalidad adulta.

Discutiendo la perspectiva psicopedagógica, hay que diferenciar lo juvenil de lo joven en sí mismo. Lo juvenil es una forma de nombrar lo que corresponde a una edad. Una categoría cultural que no necesariamente se aplica a los jóvenes, en términos cronológicos, y que se refiere a un modo especial de comportarse, vestirse y hablar, que abarca incluso a las personas de edades mayores. Con ella se designa una actitud vital que circula en el mercado como sello de integración y éxito social; nuestra cultura ha optado por lo juvenil, por una apariencia, en un rechazo a lo viejo. Tenemos miedo de envejecer. Lo juvenil parece una trampa que nos hemos creado para suponer que el tiempo no nos marca, no transcurre. Lo joven, en cambio, responde a una edad cronológica, a un momento del desarrollo emocional, a un nivel de estructuración del pensamiento, y tiene que ver con la construcción del ser humano como tal. En este sentido, los intereses de la literatura para jóvenes parecen tocar más lo juvenil que lo joven. Por eso sucumben al cliché, a la moda, a estructuras y lenguajes preconcebidos entre los que están el uso de la primera persona, el argot de la conversación cotidiana o las referencias a íconos de lo juvenil en otros lenguajes: grupos musicales, actores de cine, jugadores de fútbol.

Creemos que no somos una voz autorizada para señalar los intereses de los adolescentes, habida cuenta de los cambios que se producen de una generación a otra. Pero sí consideramos que los editores, escritores, maestros, padres y bibliotecarios tendríamos que averiguar cómo ellos, como jóvenes, construyen su filiación estética con la realidad. Si queremos abordar la esencia de lo joven desde la literatura no hace falta proponer un nuevo género sino buenas historias que trasciendan lo incidental y ahonden en la humanidad. ¿Quiénes somos?, ¿cómo amar?, ¿qué elegir?, ¿cómo sortear la tristeza y la sensación de no sentirse habitante de ningún lugar?, ¿qué hacer con la alegría desbordante? En síntesis, las grandes preguntas que arrastraremos a lo largo de la vida (estar vivo implica estar siempre en proceso). Se nos ocurre pensar que enredamos la madeja: ¿acaso a los jóvenes no les interesan las mismas cosas que a nosotros? A los 15 ó 16 años ya se puede ingresar a las buenas historias para adultos. Mejor, a la buena literatura, a la única que puede llamarse así: Literatura.

Obras de sastrería vs. buena literatura

A los jóvenes de las generaciones anteriores les llegaron Kipling, Stevenson, Kerouac, Burroughs o Caicedo. ¿A los de hoy? Quizá sea una especie de literatura paternalista que busca apaciguar sus angustias, y hacemos énfasis en lo sospechoso de apaciguar y no servir de reflexión a las mismas. Porque el dolor y el miedo también disparan ilusiones, mucho más y de modo más certero que aquellas historias de vida en las que al terror y a la tristeza, al hundimiento y al desconcierto, siguen la tranquilidad y la armonía que vienen con la solución descubierta gracias a un deux ex machina encarnado en un amigo que acata las normas o en un adulto que abre la compuerta de la salvación. Y, ¿qué le queda al protagonista en estos casos? ¿Será esa literatura la que realmente considera los verdaderos intereses de ellos?

Entonces hacemos de abogados del diablo y escuchamos la observación: “pero, hay ciertos temas que los tocan más”. ¿Cuáles? “Los de su edad”. Pero, ¿cuáles son? Y aquí entramos a la parte crítica: la anorexia, el divorcio de los padres, la xenofobia, la violación, entre otros. Temas coyunturales que responden más a la mirada de los adultos sobre los conflictos que ellos asumen están viviendo los jóvenes y a las preocupaciones educativas que terminan presionando la producción editorial. Temas coyunturales que son reales, que corresponden a momentos definitorios de la existencia, vitales, pero que terminan resolviéndose gracias a la astucia de la razón y a esa fuerza de supervivencia de la que estamos dotados y de la que, si llegamos a carecer, las buenas historias nos inoculan. Los temas se imponen como la moda y, como ella, al decir de Celso Román, llevan a producir “obras de sastrería”, es decir, hechas a la medida de una edad, con un lenguaje llano y directo y donde todo se resuelve de modo ideal, con aire ejemplarizante.

Los escritores, a su vez metidos en la estructura de la oferta y la demanda, quizás comienzan a indagar en las expectativas de los adultos y no en las de los jóvenes; cuando un autor piensa que va a escribir una obra dirigida a un segmento definido, ya está peligrando el sentido de su trabajo y la calidad de lo que produce. Porque la literatura no es un producto en serie. Porque no se pueden tener controlados todos los elementos de su trabajo. Porque la intención escapa a las posibilidades del arte.

De esta manera, en la mayoría de las obras contemporáneas propuestas a los jóvenes creemos que está prevaleciendo la mirada angustiada sobre ellos y su porvenir, más que el ser joven. No se proponen personajes atravesados por la vida sino estereotipos pasajeros de rebeldía y reconciliación. Temas que niegan la condición subversiva del verdadero arte. La subversión que en el fondo podría enganchar a los jóvenes, como lo demuestran las buenas novelas escritas para ellos. Uno podría pensar que Henry Miller, Camus, Sartre, Fitzgerald o Salinger son también escritores para jóvenes. ¿Por qué? Porque en la puesta en escena de los conflictos de los personajes nos sentimos confrontados. Son las obras subversivas las que nos dicen cosas a los 15 años, las que se acoplan con el escepticismo frente a la autoridad, a las normas y a los ideales sobre lo que seremos de mayores.

De todos modos, no sólo la rebeldía o la inconformidad mueven a los jóvenes, lo joven está definitivamente soportado en la expresión de la afectividad, así se esconda tras una aparente hosquedad. Aparecen como temas posibles las pequeñeces de los afectos que ponen en tensión la posibilidad de lo colectivo pero teniendo en cuenta mi particularidad. Sí, está bien que aparezca el colegio, pero el colegio en el sentido del uno por uno, que diría Lacan, no en el sentido del escenario sino en el de un lugar en donde se entreveran mi particularidad, mi rabia, mi odio, mi amor, mi felicidad, con otras particularidades, distintas, que me complementan.

Y ¿qué tienen que ver con esto los temas coyunturales? Que la pauta no está definida solamente por lo que significa ser joven hoy, sino también por el circuito que atraviesa la literatura: nos referimos a la ruta de circulación del libro y la lectura instaurada por la educación y los adultos. Los que alimentan con obsesión mesiánica la idea de que el lector se salvará en el mundo porque la lectura crea y desarrolla valores y marcos de referencia, aunque los que la propongan no sean lectores genuinos sino mediadores preocupados por educar antes que por proporcionar buenas historias.

Cuando el adulto, como lector, comienza a involucrarse con un catálogo como el de la literatura juvenil, se encuentra con que es –en el caso de los buenos libros– literatura, sin más. ¿Por qué hay que crear una franja especial para los jóvenes si hay una buena cantidad de libros que pueden interesarles? No hay demasiado espacio para resumir los argumentos de novelas notables que los conmueven. Simplemente podríamos decir que obras como las de Uri Orlev, Paul Kropp, Marina Colasanti, Joan Manuel Gisbert son buenos ejemplos de literatura que puede interesarles. Cuando la intertextualidad es un recurso, se siente auténtica –no como un aditivo en donde aparece el rock, un skin head, o un joven que se siente rechazado porque le gusta Eminem y su padre lo ve con malos ojos– y los referentes actuales pueden funcionar. No ocurre así cuando ésta se plantea como una argucia para atrapar al lector. Un buen ejemplo de de lo bueno y lo artificial en un mismo autor es Jordi Sierra i Fabra. En Nunca seremos estrellas de rock hay una tensión auténtica, un parricidio, el drama humano tratado a través de la psicología de los personajes. Pero en Las chicas de alambre, sobre las jóvenes modelos (aparte de que sea entretenido), se muestran los lugares comunes del mundo del modelaje en bloque, y la única solución que encuentra la protagonista para salvarse de la droga y la bulimia es ¡irse a vivir a una isla paradisíaca con una nana negra, convertirse en pintora y olvidar la vida de todos los días!

Muchos buenos lectores han llegado a serlo a través de las historias fáciles, de Corín Tellado o de los folletines: en la problematización que aquí hacemos no está la negación de que existan malos y buenos autores que interesen a los jóvenes. Nos parece que la tarea de editores y otros mediadores está en poder ubicar esas buenas novelas, proponiéndolas como se promueven los demás libros: acercando al lector a un personaje, a una idea del mundo, a un espacio donde se generan emociones perdurables y no al Éxtasis con mayúscula, en el sentido sintético y también en el real (en ambos casos como una droga que sobresalta o apacigua por un momento). No importa qué se comience a leer (no creemos que se deban leer exclusivamente los clásicos infantiles en tercero de primaria y en octavo los cantares de gesta) pero es preocupante la instrumentalización de la literatura para atrapar lectores jóvenes. Instrumentalización de lo literario para ponerlo al servicio de un público al que se quiere ganar como consumidor; instrumentalización de los jóvenes, sujetos a quienes se aconducta para consumir una literatura de artificio. Lo ideal es producir obras contemporáneas, genuinas y, sí, una literatura juvenil, si se quiere, que haga parte de la misma literatura, y no aquella que se erige como modelo de solución de problemas, y ofrece una serie de estándares de identificación que quizás sirven para pasar un rato pero no crean lectores agudos, críticos, en condiciones de disfrutar estéticamente una obra: desde los sentidos, las emociones y la razón.

Claudia Rodríguez Rodríguez
Filósofa con maestría en educación, coordina los Programas Especiales de Fundalectura, donde diseña los programas de capacitación y apoya el Comité de Evaluación. Trabajó como profesora de literatura con adolescentes y como docente en temas de lectura con maestros y bibliotecarios.
Juan David Correa Ulloa
Periodista graduado en literatura. Es autor del libro Las bibliotecas cuentan y escribe la columna “Ojo a las Hojas” en el periódico
El Espectador. Actualmente coordina la Oficina de Prensa de Fundalectura.