LECTURAS CRONICAS

“Perdón, ¿la biblioteca pública?”





Por: Paola Cárdenas

 

Los tutores encargados de desarrollar los módulos del componente de formación en promoción de lectura del Plan Nacional de Lectura y Bibliotecas se han desplazado a muchos rincones del país para conocer de cerca las 165 bibliotecas incluidas en la primera fase del Plan. Saber quién está al frente de ellas y qué preparación tiene, cómo es su colección y qué nexo tiene con la comunidad y las autoridades locales será la base para iniciar un trabajo común que fortalezca esas bibliotecas. Esta es la crónica del primer viaje de una de las tutoras.

 

Esa mañana debía viajar a Pulí, Cundinamarca, el Magdalena Medio, y el despertador no sonó a la hora prevista. Irremediablemente el sueño se prolongó hasta pasadas las seis de la mañana. Demasiado tarde para abordar el bus directo que sale todas las mañanas de Bogotá a esa hora. Un baño veloz, un desayuno frugal, taxi al terminal, todavía alimentando la ligera esperanza de que la transportadora El Águila permaneciera fiel a una de las más ancestrales costumbres de nuestras empresas de transporte: el incumplimiento. Pero no. Los buses de la transportadora en cuestión salen a la hora prevista, ni un minuto más, ni un minuto menos, como tuvo a bien informarme en tono serio el hombre de la taquilla.

¿Qué hacer? De los once municipios de Cundinamarca que debía visitar, todavía me faltaban seis. Además, ya había informado a los alcaldes y los bibliotecarios acerca de la fecha exacta de la visita, así como de la hora aproximada de mi llegada. Yo, por mi parte, debía intentar llegar lo más temprano posible si quería el día me alcanzara para hacer una visita de reconocimiento al municipio y a la biblioteca pública con todas las de la ley. Llegar tarde o que el itinerario planeado se corriera un día traía consigo serios problemas logísticos.

“El próximo bus directo a Pulí sale a las 12 m., son como tres horas de viaje por carretera pavimentada y como hora y media por la destapada”, dijo un ayudante de flota solidario con la situación y añadió: “ahí la única sería que hiciera un trasbordo si quiere llegar más temprano: coge un bus hasta Vianí, ahí coge un colectivo hasta San Juan del Rioseco y de ahí le toca coger otro que sí la lleva a Pulí. El bus para Vianí sale a las siete, pero eso sí a Pulí, si le va bien, estaría llegando por ahí a las 12”. No había más opciones. Llegar al medio día no estaba tan mal, contaba para la visita con toda la tarde, aunque posiblemente iba a ser necesario pasar allí la noche.

El viaje

Ya la rutina era familiar. Acomodarme en el asiento e intentar concentrarme mientras el paisaje o el vallenato de la radio no me distrajeran. Quizás aprovechar la lucidez previa a los efectos somníferos del Mareol. Y después, si el compañero de puesto no parecía demasiado sospechoso, abandonarme a una siesta.

Ya habían transcurrido tres horas de viaje. Sin contratiempos mayores, por fin se empezó a anunciar la cercanía del Magdalena. Ahí estaba Vianí, enmarcado entre enormes montañas. Primera estación. Espera impaciente en una cafetería al borde de la carretera. Gaseosa, miradas constantes hacia la vía que no daba señas de la presencia de ningún colectivo a San Juan del Rioseco. 10: 30 a.m., se estaba haciendo tarde...

A esas alturas tenía la sensación de que ya había recorrido buena parte de Cundinamarca: en ese momento me encontraba al noroccidente, en pleno Magdalena Medio. Pero no hacía más de una semana el turno fue para la punta contraria, el sur occidente, provincia del Sumapaz, municipios de Pasca y San Bernardo, y la semana anterior, el Alto magdalena, municipio del Nilo, ya lindando con el departamento del Tolima. Me sentía como toda una expedicionaria...

Pero una expedicionaria algo inexperta: el día anterior había viajado desde Bogotá a Chaguaní, Cundinamarca, a media hora de Pulí, pero como debía cumplir cierto compromiso en Bogotá en vez de quedarme en Chaguaní, como posiblemente el barón Von Humboldt habría hecho, me devolví a Bogotá. “No hubiera sido tan grave no cumplir con el compromiso, sin madrugar tanto y sin depender del despertador ya estaría hace rato en Pulí”, pensé arrepentida mientras miraba la carretera desierta y me tomaba mi gaseosa.

Chaguaní era un municipio extraño. ¿Sería igual Pulí? Llegué a Chaguaní un martes a las nueve de la mañana. Todo estaba desierto como si fuera domingo en toque de queda. ¿Dónde estaba todo el mundo? Una mujer joven jugaba con una niña pequeña al frente de una casa con pinta de ser la casa de la cultura. Se detuvo a mirarme con curiosidad. Eran la bibliotecaria, Paola Rubiano, y su pequeña hija. Y sí, efectivamente esa era la casa de la cultura, donde además funcionaba la biblioteca pública.

Las presentaciones de rigor y después, con el desparpajo propio de la gente de tierra caliente, Paola comenzó a hilar su historia: no ganaba lo suficiente como bibliotecaria para sostenerse. Llevaba ya tiempo luchando porque su labor fuera debidamente reconocida por la administración, pero sin resultados. Se veía cansada: “Estoy esperando que me salga un puesto mejor remunerado y más reconocido, aunque la labor de bibliotecaria me gusta mucho”. Se le notaba. No era una lectora muy asidua pero en su forma de hablar evidenciaba una pasión por conversar, por narrar historias. En un pueblo que parecía abandonado en la mitad de la nada, los pocos habitantes conservaban todavía la costumbre de sacar las mecedoras al final de la tarde y ponerse simplemente a conversar: a narrar unos mientras los otros se abandonaban al placer de escuchar las historias. Después seguro verían las telenovelas de la noche.

Paola seguía hilando su historia. Por la situación de orden público, poco a poco el municipio había sido abandonado por muchos de los habitantes. La cosa ahora estaba mejor, sin embargo. Los que se fueron prefirieron quedarse en Bogotá o donde los hubiera llevado su huida de la violencia. “Entonces la asistencia a la biblioteca pública del municipio no debe ser nutrida”, insinué.

“¿Que no es nutrida la asistencia? Pues aquí como no hay nada que hacer la gente viene mucho”, me contestó. De hecho, los policías, ya sin hostigamientos que combatir, decidieron quemar el tiempo muerto en la biblioteca, leyendo unos, viendo las películas colombianas y latinoamericanas donadas por el Ministerio de Cultura, otros. El alcalde tuvo que intervenir: los policías estaban descuidando el orden público por dedicarse a las cuestiones intelectuales. Así que prohibida la asistencia masiva de la fuerza pública a la biblioteca en horas laborales.

Las dotes de narradora de Paola se hicieron ver de nuevo cuando le pregunté sobre los lectores asiduos del municipio para que junto a ellos conformara el grupo de amigos de la biblioteca, su probable apoyo. “El problema que le veo a la cosa es que los dos lectores más asiduos son como lunáticos, hay mucho lunático en el municipio”, dijo. La miré curiosa y extrañada.

El señor M de entrada ya es un personaje singular. No nació en Chaguaní. Nadie tenía idea de cómo llegó a este municipio perdido. Buena parte de la mañana la pasa en la biblioteca leyendo libros de filosofía o sociología. Pero, con los cambios de luna, le da por los discursos: discursos en la plaza, en la iglesia, en la alcaldía, discursos dirigidos a cualquier transeúnte despistado y, claro está, discursos en la biblioteca. Allí, como buen orador, se encarama sobre las mesas. Los usuarios irremediablemente salen huyendo.

La señora R, en cambio, es lectora asidua de novelas. Después de enviudar los cambios de luna también empezaron a afectarla: una vez al mes cogía sus corotos y se iba caminando hasta Guaduas, después de vuelta a Chaguaní y de ahí nuevamente a Guaduas y así durante días. Sin embargo, cuando no estaba ocupada caminando, asistía puntualmente a la biblioteca: entraba, cogía un libro, lo ojeaba y todo aquel que tuviera pinta de novela, se lo llevaba. Ya incluso se estaba quejando porque de las novelas de la colección, pocas le quedaban por leer. “¿Se imagina entonces el grupo de amigos de la Biblioteca Pública de Chaguaní?”, Paola concluyó su historia riendo.

Ya la gaseosa se me había acabado cuando empecé a escuchar a lo lejos el motor de un carro grande. Sentí alivio: por fin era el colectivo que iba a San Juan del Rioseco. Media hora de viaje y ahí estaba mi segunda estación. Otros quince minutos de espera: el colectivo a Pulí debía llenarse antes de partir. Mientras tanto la escena de muchos sitios parecía repetirse en medio del improvisado terminal. Vendedores ambulantes por todos lados. Una loquita indigente bailaba al ritmo de la tecnocarrilera.

El colectivo se llenó. Campesinos con sus gallinas y enseres varios. Afortunadamente había alcanzado un puesto al lado de la ventana, la vista del paisaje podía compensar un poco la incomodidad. La carretera estaba hecha un lodazal debido a la insistencia de la lluvia en esos días. Pero, de pronto, a la vuelta de una curva, surgió imponente el panorama: el valle del Magdalena en pleno. Como cosa rara el día estaba despejado y, muy a lo lejos, se podían ver las puntas blancas de los nevados.

¿Viene a vender libros?

Música y algarabía acompañaron la entrada del colectivo a la plaza del pueblo. Pulí estaba de fiesta. Celebración del Día del Niño. A la pequeña plaza no le cabía una persona más. La voz del locutor animando a los asistentes retumbaba fuerte por todos lados. Nada que ver con el recibimiento mudo y solitario del día anterior en Chaguaní. Las 2:00 p.m. pasadas.

Nadie reparó en mí. Los platos de la lechona del almuerzo se pasaban de una mano a otra. Los niños disfrazados corrían por todos lados. Parecía un mal día para llegar a hacer una visita de reconocimiento. En el primer piso de la alcaldía se había improvisado una cocina. Mujeres diligentes sudaban mientras servían más platos de lechona. Me sentí irremediablemente perdida. “Perdón, ¿la biblioteca pública?” “Es esa que está allá, pero ahorita está cerrada.” “¿Y la bibliotecaria?” “Ya se la busco”.

Doris Ester Cortés, la bibliotecaria, se acercó corriendo. “Usted debe ser la tutora del PNLB, la estaba esperando más temprano”. El reinado municipal infantil estaba en su mejor punto: iba ser anunciado el veredicto final del jurado. Doris no estaba dispuesta a contestar preguntas en ese momento. Cedí un poco a regañadientes y fuimos a ver quién era la niña más bonita de Pulí. Intercambiamos pareceres acerca de qué tan acertada había sido la decisión del jurado. Y ahora sí, a lo que vinimos.

Como en algunos otros municipios que ya había visitado, en Pulí el nombramiento del bibliotecario correspondía más a decisiones administrativas que a la selección según el perfil de los posibles aspirantes. Doris Ester no había tenido nunca un contacto muy cercano con los libros ni con la lectura. Yo debía conocerla un poco más para saber por dónde se la podría encarretar con los libros y la lectura. Ella se mostraba reservada.

Las comparaciones se hacían inevitables. La semana pasada en El Nilo y San Bernardo, e incluso el día anterior, el perfil de los bibliotecarios era diferente. La bibliotecaria del Nilo, por ejemplo, amaba realmente su labor. Había hecho malabares para compensar la falta de recursos. Así, viendo que los niños ya estaban aburridos de leer los mismos libros, se dirigió a la biblioteca del Banco de la República en Girardot y fotocopió los libros más bonitos para niños que encontró. Como los niños no iban a disfrutar mucho leyendo fotocopias, los puso a ellos mismos empastar los libros y a pintarles las ilustraciones. Éxito rotundo. Los niños empezaron a sentirse autores también de los libros que leían. Al final, una hoja donde reposaban las firmas de todos aquellos que habían participado en la creación colectiva. La bibliotecaria los guardaba como un tesoro y eran los libros que los niños más pedían.

En San Bernardo, la bibliotecaria también fue nombrada por decisiones administrativas. Vivía en una vereda a media hora del municipio. Había salido del municipio unas dos veces solamente. Desde un principio no hizo otra cosa que preguntarme sobre todos lugares que conocía y que alguna vez había visitado. Estaba muerta de la curiosidad. Quería saber cómo era el mundo más allá de su vereda. Le encantaba su actual trabajo aunque no sabía mucho de libros y de lectura. Me dejó conocer lo suficiente para saber que la lectura sí podía interesarla, aunque todavía no se había aventurado a leer un libro largo. En un momento dado, me dijo: “Hay una persona que estoy segura le encantaría conocer”. Carlos Julio Castellanos era el bibliotecario de la Escuela Normal Superior de San Bernardo. Filósofo devorador de libros. Un hombre joven, paisa de Risaralda. ¿Cómo había ido a parar a San Bernardo? No era muy dado a hablar de cuestiones personales. Un personaje entrañable. Con su basta cultura y sus extensas lecturas podía muy bien estar en otro lado, en una universidad, por ejemplo. Pero no, él se encontraba feliz en San Bernardo, atendiendo su pequeña pero muy bien dotada biblioteca de colegio. La visita a San Bernardo se prolongó mucho más de lo esperado.

En Pulí, en cambio, la cosa no pintaba muy bien. A pesar de todos mis esfuerzos, no fue posible que la bibliotecaria se soltara un poco y hablara más conmigo. Debía conversar también con el alcalde, pero él estaba demasiado ocupado, corriendo de un lado a otro para atender a los visitantes ilustres. Doris Ester fue a llamarlo. Se los veía conversando. El alcalde impaciente. No supe bien qué le dijo la bibliotecaria al alcalde. Yo los miraba ansiosa desde lejos.

Finalmente, el alcalde se acercó y me dijo, muy cordialmente: “Buenas, mucho gusto. Paola, me dicen que te llamas. Paolita, te voy a decir. Mira, por el momento el municipio tiene serios problemas presupuestales y no estamos interesados en comprarte ningún libro”.

Desconcierto. Me tomó un tiempo entender lo que estaba sucediendo. Miré perpleja a la bibliotecaria.

“Señor alcalde, yo no vine a vender libros. Vengo de Fundalectura, que no es una librería, y soy tutora del PNLB. Vengo a hacer una visita de reconocimiento.”

Bochorno del alcalde, quien a su vez miró bravo a la bibliotecaria. “Doctora, ¡qué pena con usted! Yo sí sabía de su visita, pero la esperábamos más temprano. Venga nos tomamos una polita y le presento a mis concejales”. Acepté la invitación con incomodidad: era la única mujer rodeada por los concejales y el alcalde, que ya a esas alturas estaban algo entonaditos. Pero bueno, logré el compromiso del alcalde para apoyar la capacitación en promoción de lectura de la bibliotecaria.

De repente, tal vez por las bondades de la cerveza, todos los concejales se mostraron muy interesados en la cultura, la lectura y las bibliotecas. Querían que les diera mi teléfono para enterarse mejor de eso de los libros. Afortunadamente eran las 3:50 de la tarde y a las cuatro salía el bus directo a Bogotá. Aliviada, me despedí y ellos me miraron tristes, ya con un pedazo de papel en la mano para anotar mi teléfono.

El regreso

De vuelta a Bogotá no tenía que hacer trasbordos. El bus era grande y los asientos cómodos. Me tercié bien el bolso e intenté dormir. Eran al menos tres horas y media de viaje. Los trancones de siempre no se hicieron esperar a la entrada por la calle 13. Sentía cansancio. Los municipios que debía visitar los días siguientes estaban bastante cerca, a no más de una hora y media, si acaso dos: Bojacá, Cachipay, San Antonio del Tequendama, El Colegio, Apulo y Sasaima. Seis municipios más que conocer, seis bibliotecas más que visitar, seis bibliotecarios y seis alcaldes más con los cuales hablar. Era conveniente cuadrar bien el despertador, no fuera cosa de llegar de nuevo tarde al terminal: la previsión del expedicionario experto ya se estaba dejando ver por fin, aunque en los viajes y las conversaciones estuviera el verdadero sentido de todo: lo impredecible de aquellos poblados en los cuales, acaso, seguiría encontrando reinados, desiertos, libros, lunáticos y, seguro, también gente comprometida con la lectura.

Paola Cárdenas
Filósofa con especialización en estudios culturales, es miembro de los comités de evaluación de Fundalectura y tutora del PNLB.