LECTURAS CRONICAS

Libros con olor a cilantro





Por: Juan David Correa

 

Un Paradero para libros para parques, PPP, instalado en la plaza de mercado del barrio San Benito de Bogotá, se ha convertido desde hace un año en un lugar de visita obligado. Gloria González consiguió un sueño que para muchos era una aventura sin futuro.

Gloria González hace teatro con sus manos. Con su voz. Es una mujer gestual, que, además es capaz de elevar esa poética del gesto al nivel de la lectura. Uno puede encontrársela en la mitad de las calles del barrio San Benito, entre los balones desinflados que atraviesan las aceras, buscando a los vecinos para convencerlos de que leer no es peligroso, ni quita tiempo, ni es una actividad para unos pocos. Y así comenzó. Con puras ganas de no ver desaparecer uno de los 32 PPP que tiene el Instituto Distrital de Cultura en igual número de parques de la ciudad y que Fundalectura administra. La obra de remodelación del parque El Tunal dejaba en ese entonces a los barrios de la localidad de Tunjuelito sin los 300 libros que estos muebles contienen. Por eso el empeño. Y las ganas que la llevaron a vencer miradas incrédulas.

No es promotora de lectura pero ha sido capaz de meterse en todo lo “que tenga que ver con la cultura” pues cree que esa es la apuesta. Entonces comenzó a tocar puertas. De los discursos de rectores que le ofrecían sus instalaciones para ubicar el mueble biblioteca a las parroquias con discursos de comunidad propia, pasó a rebuscar en su historia la manera de no perder la oportunidad de conservar el PPP para el barrio San Benito. En la calle 54 sur con carrera 17, allí donde la mayoría ha llegado a fuerza de abandonar el campo, a Gloria se le ocurrió que no había nada mejor que conjugar las verduras con los libros, y como no había parques, encontró justificación.

La Plaza. Esa es una palabra clave para explicar eso que Gloria encontró inicialmente en su pasado. El ágora y la reminiscencia de que en ese lugar los griegos aventuraban la filosofía y la matemática, el chisme y la conversación, la arquitectura y el arte. “La plaza de mercado es un lugar de encuentro, dice siempre hablando con las manos. Y, además, es un lugar en donde la tradición y la diversidad se encuentran en cada puesto. En Bogotá parece haber ocurrido un desplazamiento de las plazas por los hipermercados. Pero en San Benito la plaza sigue siendo el epicentro de la vida cotidiana, si se quiere de la lectura de lo oral, y por ello se me ocurrió que no había contradicciones en montar, como un puesto más, un espacio para los libros y la cultura”.

El placer de hacer

Primero vinieron las reuniones con el Instituto Distrital y Fundalectura para lanzar la propuesta. Gloria sabía que no iba a ser fácil convencerlos de trastear el PPP de Santa Lucía a una plaza con el olor de la cebolla, las famas y los matarifes, el cilantro y las yerbateras. “Caminando me encontré con Doña Flor, una madre comunitaria que me invitó a tomar un café en uno de los puestos de la plaza. Cuando me senté pensé: por acá es la cosa. Las plazas son la memoria. Y con lo que hay en ellas se puede trabajar”. Inventó, antes de la reunión, el universo de un PPP en un puesto de verduras. De los guacales hizo sillas; de las semillas, material para trabajar con la gente.

Los convenció a fuerza de insistir en no dejar a todo un sector (en donde el analfabetismo es ley) sin libros. No dejó de pensar en las miradas de todos los que pensaban que su aventura estaba emparentada con los sueños de Don Quijote. Ella no tenía escudero y ahí comenzó una nueva lucha.

Acomodar un mueble en la plaza fue complejo. Pero fue más duro ver llegar los libros y sentir la resistencia trepando en los dueños de la plaza. Al principio no pasaba un día para que encontrara la entrada llena de cascajo y sobrantes. Los niños, en este caso ayudantes de sus padres en los puestos, no podían acercarse a un mueble al parecer peligroso.

“Esto, me decía al comienzo, lo hago por el placer de hacer. Lo mismo me habían dicho muchas veces en la vida y no iba a desistir”. Lo dice porque antes de la aventura de mercado ya había luchado por integrar a comunidades de niños discapacitados con otros niños. Barrió sin decir mucho y siguió en el empeño de abrir puntual la puerta metálica y exhibir los libros. Leer no sólo es descifrar la caligrafía, y eso lo tenía claro Gloria. Leer era abrir la posibilidad de hablar.

La curiosidad comenzó a tumbar barreras. La gente se acercaba, miraba de lejos. Se le ocurrió montar con el escenario del PPP una obra de teatro llamada El Paradero. Uno en el que el paseante se detenía y podía quedarse el tiempo que quisiera leyendo, o contemplando el espacio. Y así los convenció. Nada de obligaciones ni peligros: un espacio abierto para el que quisiera.
Hubo más dificultades que fueron sorteadas con presteza. Una de ellas, el reglamento. ¿Cómo asegurar la duración de los volúmenes si las manos que los abrían tenían siempre el rastro de los costales? Nadie llega sin antes lavarse las manos. ¿Cómo dejar que los adultos vencieran el miedo a aceptar que aún no estaban en el ocaso para seguir aprendiendo? “Fácil, a través de los niños”.

Ellos, con la mirada concentrada en los libros van testimoniando el paso del tiempo. Tatiana por ejemplo viene todos los días desde las seis, acompañando a su madre que tiene un puesto en la plaza. Tiene algo más de 10 años y dice, siempre sonriendo que Gabriela Mistral es “muy pero muy bonita”. Ella hace parte de una cadena que inventó Gloria para vencer el miedo del analfabetismo. Se ha convertido en lectora de otros niños y ha sonreído con la palabra final de El Coronel no tiene quien le escriba. Ese “¡Mierda!” salido de las entrañas de la literatura.

Paradero para plaza

Para crear nuevas redes Gloria acudió a los colegios para proponer un servicio social distinto: el de acompañante de lectura. En el Inem de Kennedy encontró eco y pronto Natalia Rodríguez y tres compañeras más se convirtieron por fin en sus escuderas. Natalia vive en Madelena, y habla con los ojos mientras le lee a los niños. Le gusta el teatro, como a su tutora, y se vale de éste para convencer a los adultos a inscribirse y llevarse libros.

Esa es una de las sorpresas. Algunas de las cincuenta familias inscritas mandaban a los niños para que ellos fuesen los proveedores de libros. La vergüenza menguó y los 300 volúmenes circulan por el barrio, de mano en mano, y el Paradero se hace popular como cualquier puesto, en esa radio bemba, de boca en boca.

Gloria además ha creado un sistema de promoción de la lectura que tiene que ver con el juego. Por eso hay espacio para la rana, el ajedrez y, entre las maderas, tramoyas y telones para hacer teatro. Uno imagina el espacio amplio y grande y, al comprobar que es una galería más de la plaza, entiende que no es eufemismo eso de “aprovechar el mercado”.

Todas las tardes de los martes y jueves, así como los fines de semana, la gente acude. Mientras se hacen las compras del sancocho, los niños van hasta el paradero. Se sientan y Gloria, sin el ánimo de guardería les deja acariciar las páginas, los invita a hacer su propia escogencia, y los arma con papel y lápiz para que escriban eso que les pasa por la cabeza después del partido en la esquina, el mandado en la tienda, o la reminiscencia del campo que se quedó atrás.

Mientras habla ansiosa, los niños se acercan a las estanterías y toman libros de una colección seleccionada por los comités de evaluación de Fundalectura. Hay para todos, se vuelve una frase en cualquiera de los puestos. Daniel Santos se oye con su voz cascada en la tienda de enfrente. Una plaza fundada hace 40 años en la cual se celebró por primera vez el día de madre el año pasado gracias al Paradero. El de la obra de teatro y el de verdad. Un espacio de lectura al que se le ha respetado su particularidad. Gloria sigue sentada mirando su sueño, con esa mirada que le hace pensar a cualquiera que aquí la vida sigue siendo tozuda.

Juan David Correa Ulloa
Graduado en Literatura en la Universidad de Los Andes. Ha trabajado como periodista cultural en el diario
El Espectador, la Revista del Domingo, y Cromos. Actualmente es coordinador de prensa de Fundalectura.