HABLEMOS DE LECTURAS

De Ciudadela a Juan Batiscafo





Por: Roberto Osorio Rivera

 

La lectura puede ser una revelación, el impulso que desata el proceso creativo. Así le ocurrió a Roberto Osorio Rivera, quien relata su experiencia.


Ciudadela, el libro póstumo de Antoine de Saint-Exupéry, llegó a mis manos con la siguiente advertencia: “tienes sólo quince días para leerlo y quizás no lo vuelvas a ver jamás”. Me apliqué a su lectura y en la página cinco paré aterrado, estaba ante una revelación, cada una de las mil pequeñas historias relatadas con la sencillez de las parábolas brillaba por su inusual profundidad. De un salto traje la libreta nueva y arranqué a transcribir sin parar. Devolví el libro y me dediqué a masticar durante varios meses, como si se tratara de un bolo alimenticio, la libreta llena de anotaciones. Un día decidí hacer una colección de dibujos para recordar los textos, tomé una caja de colores, hojas de papel mantequilla y forré las paredes del cuarto con aquellas obras. Al finalizar las tareas del día, la diversión en las noches consistía en organizar los dibujos de cualquier forma como quien hace un collage y después inventaba cuentos breves. Motivado leí otros libros de Exupéry: Correo Sur, Vuelo Nocturno y El Principito.

Al terminar de leer El Principito pensé: “en adelante voy a ilustrar mis lecturas”; de esta manera leí e ilustré la obra de Henry Miller, pero debo hacer una aclaración: las pinturas eran complejas y puro colorinche; por ejemplo, en el caso de Primavera Negra, dibujaba casas y edificios hasta conformar una calle de la ciudad de Nueva York y luego trazaba a los personajes, quizás unos treinta, en escenarios diferentes, ya fuera riendo por la ventanilla de un bar, ora en la entrada de un viejo café, ora abrazados en el balcón de un hotelucho, o caminando taciturnos sobre el andén con las manos en las gabardinas, parados en una azotea o al volante de un convertible a toda chispa. Al final pegaba la pintura en la pared y comenzaba a imaginar... ¿qué pasaría si Paul Dexter se ganara la lotería en el transcurso de su primer día de trabajo; o si la tía Mele no estuviera del todo loca, sino tres cuartos loca y se volara del manicomio en una bicicleta con la canastilla llena de botellas de vino? Así, de a pocos, leí Trópico de Cáncer, Trópico de Capricornio, Sexus, Plexus, Nexus, y en ellos gozaba del montón de pericias vividas por Miller en París y Nueva York, pero fue mientras rellenaba de un color distinto cada sílaba de cada palabra de cada frase de Días tranquilos en Clichy cuando descubrí el mundo de luz que atraviesa la obra de Miller, algo sucedió en ese momento dentro de mi ser, como si mi sistema nervioso se conectara con un ojo verde, hasta entonces dormido en alguna parte del cerebro, que me permite ver más allá de las palabras.

Volví a leer Trópico de Cáncer y en realidad se había operado un cambio, ya no era la aventura de un vividor en París, ahora, en medio de una atmósfera cargada de nuevos aromas, la novela era la narración de un proceso de descubrimiento interior y liberación personal avasallador. Con Trópico de Cáncer tuve mi primer encuentro con un hombre parado en la fuente cósmica, apartado de esa rueda de la vida que nos zarandea como juguetes entre el placer y el dolor, la alegría y el sufrimiento, la fortuna y la desgracia. A pesar de las guerras, los desastres, las epidemias, las bonanzas, los descubrimientos en la luna y las invenciones, Miller vivía en paz consigo mismo y el universo entero, era un hombre que no se desesperaba por haber perdido las esperanzas; de su mano transité por los senderos ocultos del alma para verla misteriosa y vasta, contra nuestros esfuerzos por explicarla y encerrarla. Trópico de Cáncer es para mí el inicio de ese viaje que Miller emprendió de la mano de Dostoievski, setenta años atrás, al encontrarse a Crimen y Castigo tirado en el anaquel de una oscura zapatería.

Entonces volví a hacer una pintura enorme, del tamaño de la pared del cuarto con los personajes de Trópico de Cáncer: Tania, Van Norden, Fillmore, Boris, y entre ellos, en uno de los hoteluchos con balcón hacia la calle de París, dibujé mi habitación en donde aparecía acostado a pierna suelta en una cama llena de chinches, con el libro de Trópico de Cáncer en la mano izquierda. Allí leía y leía y cuando, de pronto, se abría el ojo verde, me daba cuenta que yo era algo más que una pintura, un personaje de dibujo, entonces me incorporaba y acariciaba las obras en papel mantequilla de la pared de la habitación de París, las corría como si fueran una cortina y detrás hallaba un baño turco y más allá, en un espacio abierto, descubría a Henry Miller sentado en posición de loto, sobre una tortuga de nácar, en medio de una piscina natural de aguas termales, llena de peces multicolores; había en el aire suave un rocío de tallos de luz y estrellas fugaces, Miller se veía en paz, respirando, rodeado de burbujas que contenían las semillas de los mundos nuevos, céspedes dorados y libélulas diamantinas se posaban sobre su cabeza, sentía el canto de cada una de mis células y cómo la vida era plena e inabarcable y no sólo dibujo. Entonces volvía a la habitación del hotelucho y sentía la pesadez de la vida personal, el impulso de dejarla, de ir más allá, de volverme hueco, vacío, instrumento. Volvía, pues, con el ojo nuevo a buscar a Miller, pero al llegar al espacio abierto, ya no era Henry Miller quien respiraba sentado sobre la tortuga de nácar, sino el vacío de mí, por decirlo de alguna manera, y en el dibujo de la habitación de París ya no estaba leyendo Trópico de Cáncer; había otras personas y estaban leyendo los libros que habían salido por la punta del lápiz que sostenían mis dedos. Para ese entonces Bejuco de Sueños y Juan Batiscafo ya habían nacido de ese impulso natural, de la misma manera que el viento al pasar por una caña hueca produce un sonido. Como digo, esas personas leían y despertaban de ese mundo de mantequilla y papel, se olvidaban de su pasado de bocetos y daban el paso hacia lo desconocido, para sentarse en la fuente cósmica, sobre la tortuga de nácar, como lo habían hecho Vladimir Nabokov, Ray Bradbury, Ernesto Sábato, Walt Whitman, Gonzalo Arango, Oscar Wilde, Marguerite Yourcenar, Fernando González, Virginia Woolf, Eduardo Zalamea, Anton Chejov, Henry David Thoreau, Porfirio Barba-Jacob, José Eustasio Rivera, y miles y miles más… total, la danza era interminable, la aventura del ser no conocía fronteras climáticas ni generacionales, no tenía principio ni fin y además se movía por fuera y por dentro de nuestra órbita espacio temporal.

Y bien, para poder desaparecer al momento de escribir, Miller tuvo que dejar Nueva York y viajar a París, en mi caso tuve que salir de Bogotá y llegar a la selva amazónica, al centro. Luego del trabajo llegaba al rancho, rodeado por los lagos de Yahuarcaca y las palmeras de asaí, a garabatear y leer cartas. Me metí en la trocha de la carta: Cartas a un rehén de Exupéry, Cartas a Anaïs Nin, a Lawrence Durrell, ambos de Miller; Nueva York ida y vuelta: un libro carta de Miller escrito mientras cruzaba el océano Atlántico en barco, y otros libros carta de otros autores como Relaciones Peligrosas y Color Púrpura. Una noche caliente y húmeda mientras hacía una misiva morí y nací, quiero decir, el río Amazonas y sus embarcaciones cargadas con los ecos mudos de los cantos indígenas, con las sombras que se escapan de los huecos de los armadillos, las delgadas lenguas de los osos hormigueros, los ojos de las ceibas brujas, animadas por las voces de la gran capital, se agolparon en nidos de agua en la punta de mis dedos y salieron al galope hacía el papel, envueltas en charcos diminutos de tinta negra; poco a poco como el pájaro hace su nido, coleccioné esas misivas y después les di el título de Bejuco de Sueños y otras Cartas a Paloma.

Un año después de haber escrito ese libro, en un viaje a Tumaco y luego de una conversación sobre los pozos de agua con un abuelo negro con gestos de rey pobre, me puse a mirar los dibujos de muchacho, surgidos de la lectura de Ciudadela y siguiendo la silueta de uno de ellos, hubo un pálpito y saltó la simiente naranja de Juan Batiscafo. Lo escribí durante ocho meses en Nariño, el segundo techo del mundo, en una sede de la Biblioteca del Banco de la República, iluminada con grandes ventanales.

Para finalizar, los dejo, en una chagra del Amazonas, con la poetisa cuando le dice a Juan Batiscafo:

tú pensarás que yo tomo de mi huerto sólo las frutas que viste, pero además, tomo también las frutas invisibles. Las saco aserrando robustos troncos en mi imaginación, debastando largueros de mi vida, cepillando parales y cabríos de cada día, hasta que obtengo de cada palo una fruta invisible bien entallada, y despastillada. Es un trabajo que hago con satisfacción y no a la carrera. Esas frutas invisibles te alimentan de verdad, de fe, de sencillez, de inocencia.

La Tierra, Cachipay,
10 de febrero de 2003.

Roberto Osorio Rivera
Escritor y pintor bogotano, autor de
Juan Batiscafo, Roberto Osorio estudió zootecnia y tiene una maestría en desarrollo rural. En 1994 viajó a Leticia y vivió en la selva amazónica hasta el 2002. Hoy vive en una finca en Cundinamarca dedicado a las labores del campo, actividades que alterna con la creación artística. Las ilustraciones de este artículo son suyas, se tomaron de Juan Batiscafo (Bogotá: U. Nacional, Unibiblos, 2002, reseñado en nuestro número anterior).